Frankie y Cat, a punto de besarse en 'Lip service'
Lo que más me flipó de Londres la primera vez que aterricé por allí, con 20 añitos, era que todo el mundo hacía lo que le venía en gana e iba por la calle como le parecía sin que nadie se metiese en la vida de nadie. Allí fue donde visité por primera vez un lugar de ambiente, sólo de tías, y para mí significó sentir aire fresco, saber que nadie se iba a volver a mirar si iba de la mano con otra tía. Aquella era la España de los 90, cuando aún era impensable que uno de los personajes de 'Siete vidas' fuera una lesbiana declarada o que hubiera médicas y enfermeras formando familias, como en 'Hospital central' (ñoñeces al margen).
Por fortuna, y gracias a pelis como 'Go fish!' o 'Cuando cae la noche', fuimos saliendo del armario: ver a dos tías compatiendo vida en la pantalla -en aquella época la internet de ahora era una utopía- ayudaba, para qué negarlo. Todos necesitamos referentes y para las que ahora tenemos treinta y tantos -si no es así, corregidme- películas como esas fueron referentes válidos.
Pues bien, ahora el Gobierno de David Cameron se está planteando prohibir en la televisión la emisión de "imágenes indecentes" hasta las nueve la noche. Dentro de esas imágenes indecentes irían los besos entre mujeres, cómo no, que a pesar de que este fin de semana fue el Día de la Visibilidad Lésbica, parece que están mal vistos. Y eso que la BBC, la televisión pública británica, es la que hace 'Lip service', esa versión británica de 'The L Word' que nos trae a muchas locas.
Es absurdo como los gobernantes se empeñan en rebobinar los avances sociales (en este punto se me viene a la cabeza Rajoy, mira tú, con el emperramiento que tiene porque volvamos a no poder casarnos) y volver a sacar debates que la sociedad tiene superados. Con lo bien que estamos nosotros pudiéndonos besar dónde nos dé la puta gana.
Esto me ha traído a la cabeza, mira tú por dónde, una noche de marcha en esa década de los 90. Mi pareja en ese momento y yo intentamos entrar en un bar de ambiente de Málaga, el 'Torero, torero' (¿alguien se acuerda?) y el portero nos dijo que aquel sitio era "un bar de ambiente para lesbianas mayores". Yo, ni corta ni perezosa, me fui para ella y le pegué un morreo en toda regla. El tío nos dejó entrar sin rechistar. Moraleja, un beso a tiempo es el mejor de los remedios.
Woody Allen disfrazado de espermatozoide en una película.
Desayuno con una noticia que publica hoy El País: hay al menos tres comunidades autónomas (Cataluña, Murcia y Asturias) que se niegan a dar tratamientos de fecundidad a parejas de lesbianas. El problema, según cuentan en la noticia, es que el decreto que regula la reproducción asistida señala que este tratamiento será sufragado por la sanidad pública siempre que haya esterilidad. Al no haber varón en la pareja, no puede haber esterilidad.
Lógico aunque absurdo. Y es más absurdo es que haya comunidades autónomas que aplican la ley a rajatabla, cuando hay otras que optan por la manga ancha, como es el caso de Andalucía. Si eres catalana, murciana o asturiana y quieres tener un niño, ya sabes: a cascar los entre 6.000 y 12.000 euros que cuesta un tratamiento de fertilidad.
Eso o te buscas un macho semental cualquier noche de esas locas que te fecunde por el método tradicional, porque muchas más opciones no quedan. También te puedes casar por conveniencia con un macho estéril, aunque lo veo más complicado, aunque, ya se sabe, en internet se encuentra cualquier cosa.
Por cierto, como los senderos de la memoria son inescrutables, esto me ha traído a la cabeza una conversación que tuve hace años con una colega que seguidora de Escrivá de Balaguer, numeraria del Opus -sí, la vida te pone por delante a gente que no tiene nada que ver contigo-.
Ella me decía que en todo acto sexual debía haber una intención de procrear, si no, era pecado. Y yo le respondí que entonces el sexo con mi pareja no era pecaminoso, porque no poníamos de por medio métodos anticonceptivos y que intentar procrear, lo intentábamos, pero que no había manera, oye tú... Yo creo que aquel día sí que vio dragones.
Este kanji japonés representa el corazón, 'kokoro'
Me doy una vuelta por el blog de Neuronas Zurdas y me da por pensar en el amor. Ya sé que éste, mi blog, va más sobre la periferia de los sentimientos que de los sentimientos en sí, de lo que se mueve alrededor al amor entre las mujeres, pero está bien bajar al corazón, pararse a mirarlo, sentirlo latir y ver qué se mueve por ahí.
Para mí es difícil llegar ahí, lo confieso, soy una mujer de acción, de vísceras, convencida de que se habla a través de los actos y no de las palabras o de los sentimientos, así que me cuesta pararme a mirar mi corazón, me cuesta pararme a mirar el corazón de los otros. En este punto me viene la oración gestáltica de Fritz Pearls, el padre de la terapia Gestalt, que os copio a continuación. Qué fácil lo que dice Pearls pero a la vez qué difícil, ¿eh?
Yo soy yo.
Tú eres tú.
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres tú.
Yo soy yo.
Si en algún momento o en algún punto nos encontramos,
Todas las fans de 'The L Word' recordaréis aquella escena en la que Bette, recién separadita, iba al Planet y alguien la llamaba 'carne fresca' porque volvía al mercado del ligoteo y podía ser objeto de deseo de todas las tiparracas que por allí pululaban. Yo, lo confieso, vi la escena exagerada. "¿Tan poco pudor tiene la gente?". Pues sí, tan poco pudor tiene la gente.
Me di cuenta de ello el fin de semana pasado, de marcheta por Torremolinos, por Pueblo Blanco, zona de marcheta homosexual en el que fue un paraíso para los gays incluso en años del franquismo (un día prometo un post sobre ello) pero que tiene ahora cierto regusto horterilla, ¿para qué negarlo? Allí nos encalomamos el sábado por la noche dos 'entendidas' y mi amiga la Biendicha, heterosexual recalcitrante donde las haya.
Acabamos en 'El puntazo', uno de esos bares llevados por lesbianas para lesbianas. Yo, lo confieso, soy poco dada a salir de marcha. Dada mi avanzada edad soy de cena con buen vino aliñada con un gin-tonic bien puesto, así que frecuento poco los bares de ambiente. Pero aquella noche, mi amiga la Biendicha quería ir a toda costa a un bar gay. Para mí que le picaba la curiosidad. ¿Por qué siempre a las tías hetero quieren ir a sitios gays?
Y creo que su curiosidad se vio satisfecha. Nada más llegar y tras pasar por delante de la decena de bollitos que había agolpada ante la puerta de entrada, notamos sobre nuestros tres cogotes una veintena de ojos que decían ¡carne fresca! "¡Huy, huy, huy...!", pensamos las dos 'entendidas', que inmediatamente nos pegamos un achuchón y un morreíto para decir: 'No pasar. Propiedad privada'. Hecho esto la única novedad en aquel momento en 'El puntazo' era mi amiga la Biendicha...
Hacia ella se abalanzaron dos jóvenes mozas, una de ella monísima, la otra pasable, pero ambas con una borrachera de campeonato. "No, yo es que soy hetero", dijo mi amiga nada más acercarse ambas. "Mi última novia también me dijo que era heterosexual cuando la conocí", le espetó una de las mozas, quien dejó claro que no se iba a desanimar fácilmente.
Sólo que la otra le tomó la delantera. Una niña monísima, con cara angelical, pelito rizado y muy femenina, quien no dudó en meterle una teta prácticamente en la boca a mi amiga la Biendicha. "¡¡¡Niña, tiene unas tetas mu monas, pero a mí me gustan las pooollas!!! Además, podía ser tu madre".
La chavala no se amedrentó: "Toca, toca". "Que nooooo". Al final, lo prometo, ante tanta insistencia mi amiga acabó tocándole las tetas, eso sí, con carilla de asco y sólo con la puntillas de los dedos, sin sobar demasiado. "Así se empieza, así se empieza", le dije yo, pero no, parece que, de momento, no se cambia de acera.
Se la han colado bien a Apple: algún listillo ha sido capaz de recibir el visto bueno de iTunes para colgar en esta tienda una aplicación que promete convertir a los gays en hetero. Exodus International es el nombre de la aplicación, que promete "liberar de la homosexualidad a través del poder de Jesús" y, todo ello, a golpe de pantalla táctil.
Aaayyy.... Si fuera tan fácil seguro que el Vaticano ya lo habría patentado. ¿Te imaginas? Teclear unas cuantas cosillas en tu iPhone y convertirte en una heterosexual consumada. ¡Qué grima, por favor! Pero mientras la aplicación esté en inglés, los que sólo hablamos castellano, estaremos a salvo.
Advierto antes de empezar a escribir: este post supone mi segunda salida del armario. La primera fue cuando salí y le dije al mundo que me gustaban las tías. Y esta segunda es porque os voy a hablar a todas de algo que me apasiona aún más que 'The L Word' y Bette: una cosa que se llama eneagrama y que es un sistema de identificación de tipos de personalidad: la teoría es que hay nueve tipos de personalidad y cada uno somos uno de estos nueve tipos. Nuestro eneatipo sería, por decirlo de una manera que se entienda, la forma en la que nos presentamos al mundo para sentirnos queridos.
La tentación me la ha puesto por delante Mármara quien me retaba hace unos días a ver 'Lip service', serie británico al estilo 'The LWord' que se desarrolla en Glasgow, porque me iba quedar prendada de su protagonista Frankie, quien es para Mármara "un retrato fidedigno de los que han sido los grandes, y pequeños, amores de mi vida", según cuenta ella misma en su blog.
Pues bien: yo le diría a Mármara que tuviera mucho cuidadito, porque la tal Frankie es más chula que un ocho... sexual... Vale: ya sé que todo estoy suena a chino para la que no habéis oído nada de eneagrama, pero la leyenda dice que los guionistas usan el eneagrama para crear sus personajes y, después de ver el primer capítulo de 'Lip service', no me cabe la menor duda de que la mente perversa que creó a Frankie usó este sistema para diseñar el personaje.
Frankie es un eneatipo ocho de libro. Tan, tan de libro que lleva tatuado en japonés la palabra lujuria en la muñeca derecja. Me explico: cada número del eneagrama tiene una pasión asociada. La del uno es la ira; la del dos, el orgullo.. Y así hasta llegar al ocho que, ¡oh casualidad!, tiene como pasión la lujuria. Pero cuidadadito, no es sólo una lujuria sexual, si no es más bien una lujuria por comerse el mundo, por experimentarlo todo, por vivir con intensidad. De ahí que haya muchos ochos alcohólicos, drogatas, adictos al sexo...
El ocho es el chico malo -y también la chica mala, of course- del eneagrama, como bien cuenta Pobreniñopijo. Son excesivos en todo: llenan su vacío vital con el exceso. Es la manera que tienen de sentirse vivos. No le van las normas ni la queja ni la debilidad: se suelen mofar del débil porque, aunque ellos no se dan cuenta, les hace contactar con su vulnerabilidad, algo que les horroriza. Pasan de las normas -sólo hay que ver la escena de Frankie fumando en un sitio en el que pone que está prohibido fumar- y se ven a sí mismos como autosuficientes; sienten que no dependen de nadie y tienen la ilusión de que solos pueden obtener cualquier cosa que se propongan. De hecho, el ocho es el fuerte del eneagrama y las pocas mujeres que hay de este eneatipo suelen ser masculinas. Sí, como Frankie.
Dentro de cada eneatipo hay tres subtipos: el conservación, el social y el sexual. Frankie sería un ocho sexual: rebelde, magnética y que rezuma sexualidad por todo su cuerpo. Pero, ¡ay!, pobres presas que caigáis entre sus garras: tras esa sexualidad a flor de piel se esconde una oscura necesidad de poseer a su presa mediante un sexo duro, agresivo y despojado de cualquier afectividad. Vuelve a mi cabeza una escena de este primer episodio de 'Lip service' en la que Frankie se folla, tras ser rechazada por su amor de toda la vida, delante de un cadáver a la empleada de una funeraria. En esa follada va implícita la venganza tras haber sido rechazada: tú me rechazas, pues yo me vengo con un sexo frío follando con otra...
Mármara, ¿te sigue gustando tanto? A que ya no... Bueno, si aún sientes magnetismo por ella decirte que los grandes mafiosos de la historia, Al Capone y el soberbio personaje de Tony Soprano, en Los Soprano, sin ir más lejos, son ochos de libro, pero éstos del subtipo conservación. Gente peligrosa, mala y sin escrúpulos que va por la vida ajustando cuentas, imponiendo su ley y dejando cadáveres en el camino.
A pesar de que son así de chulos, sólo son niños heridos que, en su infancia, aprendieron que tenían que ir de fuertes por la vida y que todo lo relacionado con los sentimientos tenían que ocultarlo para poder sobrevivir. Pueden ser niños víctimas de malos tratos que desde muy pronto tuvieron que ser fuertes para sobrevivir o bien niños que jamás han tenido límites y que se creen con derecho a poseerlo todo y hacerlo todo. Suelen ser leales, especialmente los sociales, y si hay algo que no toleran es la traición.
Entre los ocho sexuales hay uno que conocemos bien todas las seguidoras de 'The L Word': Marina Ferrer. Pobreniñopijo la sitúa ahí, aunque yo he de decir que tengo mis dudas de que sea un ocho, porque no veo a este eneatipo intentando suicidarse y menos por el amor de un odioso cuatro sexual. Sí, Jenny es un cuatro sexual, pero creo que aquí me estoy desviando del objetivo del post. De lo que no me cabe la menor duda es que esa gran Bette es un pedazo de tres sexual, glamouroso, con estilo, supereficiente, inteligentísimo y que merecería, con los ojos cerrados, mi amor.
Frankie, como mucho, merece la pena para tener un rollete, pero cuidado, Mármara, yo que tú no me acercaría demasiado a chicas como ella, que pueden ser muy, muy peligrosas. Te lo digo por experiencia. Pero eso ya lo cuento en otro post.
La mujer de moda del día es Arianna Huffington. Ha vendido su periódico digital, que lleva su nombre y que lo creó hace sólo seis años, a AOL por 231 millones de euros. Este medio se caracteriza por hacer un periodismo de calidad que cuenta historias y con una comunidad de miles de blogs.
Esta mujer no tuvo, en 1998, reparos en reconocer que es bisexual y desde entonces es activista del movimiento LGTB. Incluso salió en el primer capítulo de la segunda temporada de 'The L Word' interpretándose a ella misma. ¿Recordáis cuando Shane tiene que ir a peinar a una periodista y ahí conoce a Carmen? Pues esa periodista es Arianna Huffington. Se lo he leído a Yolanda Monge en elpais.com y me ha parecido curioso, a la par que triste: ¿por qué no habrá en España ninguna mujer poderosa que sea capaz de reconocer que es homosexual o bisexual?
Llevo desde verano atravesando una crisis vital, así que para intentar salir de ella me estoy dedicando en los momentos de mayor decadencia a rever The L Word, a ver si ahí vuelvo a encontrar el sentido a mi vida de lesbiana en la treintena, sin ruta ni norte de vida, asomada a eso que llaman vacío existencial y que, ya frisando los 40, ve como nada de lo que tenía planeado haber hecho a esa edad se ha materializado.
Ya habéis leído cómo se llama el blog, 'Quiero ser como Bette', pero al alcanzar la edad que ella más o menos tiene en la serie pues ni tengo coche descapotable (me tengo que conformar con un triste utilitario), tengo un trabajo al que si llegara en traje chaqueta me mirarían como si fuera gilipollas (con los vaqueros voy más que digna) y en el que ni siquiera me mando a mí misma. Carezco de secretario y de casa con piscina (sí que tengo un pisito con una habitación) y tampoco tengo mujer que se quiera quedar embarazada por mí (¡qué bella es Tina!).
No sé por qué pero pienso que en The L Word, y en las sabias palabras de mi admirada Bette, encontraré la clave que me lleve al despertar, a convertirme en una bollera con una vida plena, no centrada en lo material, sino en la espiritual, con conciencia búdica y que, con sólo echar un vistazo a un bar de ambiente, sea capaz de entender la verdad última de cada una de las yogurinas que hay en él y, por lo tanto, cuál es la que más conviene para llegar a la plenitud a través de la práctica del tantra en compañía.
Acabo de releer lo que he escrito y para que mí que me amiga la Biendicha -la misma que se preguntaba a qué sabe un chocho, por contradictorio que parezca- ha influido durante estos meses mi ser más de lo que yo pensaba: tanto insistencia en que medite, medite para superar esa crisis vital me está llevando a un puntito místico desconocido en mí hasta el momento: ¿estará en ese punto místico la felicidad absoluta? ¿Estará en el desapego de lo material el camino de la realización? Joder, ¡que no había tomado conciencia de esto hasta escribirlo!
Pues como toda toma de conciencia es motivo de celebración -¿dónde habré escuchado yo eso últimamente?- pues, celebrémoslo, ¿no? Igual la felicidad de una mujer, lesbiana por más señas, que casi ha llegado a los cuarenta y no tiene nada de lo que esperaba tener cuando llegara a esa edad no está en ser una ejecutiva pija, con trajes chaqueta caros, siervos alrededor y con muuucho poder. No sé. Igual es el momento de desapegarme de esa creencia y dejar de querer ser como Bette. Meditaré sobre ello.
* A pesar de este despertar espiritual, sigo queriendo tener un Saab descapotable azul.
** En este inesperado post iba a hablar de las estrellas de oro, pero no sé por qué he acabado escribiendo esto: mi inconsciente, que es más listo que yo... Queda pendiente lo de las estrellas de oro para el próximo.
Lo prometí en el último post: iba a dejar de hablar de chochos, así que me he decidido a hablar de tetas. ¿Cómo se ha producido este giro radical en la temática de mi blog? Pues, paradojas de la vida, la responsable es mi colega la Chochobravo. ¿Quién lo hubiera pensado, que alguien que se autodenomina Chocobravo fuera espoleta para que yo empezara a hablar de tetas?
En fin. Para mí que no hay nada más peligroso que una cena con colegas en una casa y con varias botellas de vino. Yo no sé si os pasa a vosotras, pero para mí ése es un espacio sagrado en el que puede suceder cualquier cosa, incluida la que pasó la otra noche. Después de una botella de sidra, varias de vino -muy rico, por cierto-, varias copichuelas de sorbete de cava y algo de licor traído desde Galicia, el derrape estaba servido en bandeja, ¿para qué negarlo? ¿Para qué negármelo?
La mecha la prendieron las tetas de otra de las colegas -me permito reservarme su nombre para no herir susceptibilidades-, bastante hinchaditas ante la inminente llegada de ese visitante coñazo -y nunca mejor dicho lo de coñazo- que nos llega a las mujeres en edad de procrear una vez al mes -por cierto, y ahora que hablo de esto, prometo otro post sobre la sincronicidad en las parejas de lesbianas con la regla-. La verdad es que esta colega tiene unos pero que muy buenos pechos y, con la ovulación, pues se le ponen aún mejor. Je, je...
Nuestra conversación comenzó en girar en torno a ese asunto casi de manera obsesiva, me atrevería a decir. "Pues yo creo que cada teta me engorda por lo menos un kilo cuando me va a venir la regla", decía esta colega. De repente Chochobravo saltó de su silla y en cero coma apareció con una báscula electrónica traída a toda máquina desde el cuarto de baño para realizar el pesaje de las teta de esta colega en estado premenstrual.
"Móntate, móntate". 61 kilos. "Ahora vuelve a montarte", le dijo al tiempo que le sujetaba por debajo las tetas para que estuvieran en algo que podríamos denominar estado de ingravidez. ¡¡¡57 kilos!!! Dos kilos por teta. La verdad es que a mí jamás se me hubiera ocurrido realizar el pesaje de un pecho de esta manera. Yo hubiera sido menos imaginativa: hubiera usado una balanza de precisión, tal y como hicimos en el instituto con una compañera que tenía unas teeeeeeeetaaaaassss tremmmeeeeendaaasss... Si no recuerdo mal, ¿podía pesar cada una de ellas algo así como tres kilos?
Otra de las colegas y yo asistimos expectantes al pesaje. La verdad es que a mí me picó el gusanillo de comprobar cuanto pesa cada uno de mis pechos -para mí que andan también bien servidos, porque ando por la 100- pero el hecho de que eso llevara implícito conocer cuantos kilos he engordado estas Navidades hizo que renunciara a pasar por la báscula.
Pues eso: me permito darme un poquito de autobombo y dejaros por aquí un post que Nelson Núñez ha escrito en el portal ociogay.com sobre mi blog. Me echa unos cuantos piropos que han logrado ruborizarme, lo confieso. Este post y los comentarios que me dejáis son alicientes para seguir escribiendo y contando historias absurdas que vivo más o menos en primera persona.
Sobre todo me mola eso de que es un blog sin "ínfulas literarias" y con "prosa llana". Para mí esos son piropos grandes porque significan que se entiende lo que escribo, que llega. Eso y hacer reír a quienes os acercáis por aquí, además de por supuesto aportar un toque de crítica a lo que es criticable y un punto de vista diferente sobre todo aquello que se pueda, son mis objetivos. Lo confieso ahora: este blog es un invento para golfear a mis anchas y para poner un poco de sinsentido en la vida y sembrar la duda en las mentes pensantes que creen a ciegas en la seriedad, cuando una carcajada contiene todo lo vital, lo esencial. ¡Toma ya! Qué poético me ha salido...
Gracias a todos los que os acercáis por aquí para echar unas risas.
Todas hemos tenido una época en la que no había más remedio que combinar la vida en casa de los padres con la práctica del sexo. ¿Me equivoco? Yo, por fortuna, durante los años locos de la universidad, en los que por supuesto hice de todo menos estudiar, tenía un Ford Fiesta blanco súperpijo con asientos reclinables -fue lo primero que miré al ir a comprarlo- en el que, mejor o peor, se podían hacer exploraciones amatorias variadas e intensas.
Sólo era necesario un aparcamiento oscuro, alejado del mundanal ruido, para navegar por cualquier cuerpín que se pusiera a tiro sin prisas pero sin pausa. Tremendos años aquellos de libertinaje, despreocupación y golfeo. Una de aquellas noches en las que el Ford Fiesta acabó prácticamente inundado de pasión y de fluidos corporales varios, al volver a mi casa me encontré a mis padres bien senditos y calentitos delante del sofá viendo la tele.
- Buenas noches
- Buenas noches
- Nena, ¿qué has estado, cenando marisco? -preguntó mi madre que estaba como a dos o tres metros de distancia de mí algo alucinada-.
- No, no, ¿por qué?
- Por el olor
- Pues no -yo ya muy, muy roja- la verdad es que he cenado una hamburguesa.
Va ser cierto el mito ese de que el chocho huele a marisco. Por cierto, no sé que me pasa. Me acabo de dar cuenta que de las últimas cinco entradas en el blog tres van sobre chochos. Prometo darle un giro radical a esto.
No sé por qué pero este post me ha parecido una manera simpática y diferente de felicitar las Navidades. Supongo que será porque es una noche de mariscadas varias y he supuesto que al comeros las patitas de cangrejo o las gambas de turno no podréis evitar echar una sonrisilla picarona.
No sé si os pasa a vosotras, pero a mí, de vez en cuando, hay una palabra que me impacta, me golpea y me hace entrar en un dimensión desconocida de la realidad. Eso me pasó el otro día, lo confieso, con una colega reciente que, hablando sobre ella misma, se definió como un "chochobravo". "¡Yo soy un chochobravo!", dijo para ser exactos.
Para mí aquello fue de repente una puerta abierta a la inspiración. Supongo que lo habéis notado, pero llevaba ya una cuantas semanitas sin aparecer por aquí. Además de porque ando con los chakras algo desequilibrados, también se debe a que la maldita inspiración no llegaba: ando perdida en otras lides y, con los años, la opción multitarea la llevo un poco atascada, así que no he encotrado el momento de contar algo interesante a la par que divertido o golfo a la par que sorprendente...
En fin, fue escucharla y pensar "carne de blog", así que yo, muy educada, le pedí permiso: "¿Me dejas que lo cuente en mi blog?" "Por supuesto". Lo apunté en la libretita que me he agenciado para que no se evaporen las ideas -sí, me suele pasar que pienso que algo sirve para escribir una entrada pero se me olvida en cero coma-. Así que dicho y hecho. Aquí estoy intentando definir qué es un chochobravo, palabra que no había escuchado hasta el momento pero que, para negarlo, tiene su lógica: ¿por qué un tío puede ser un pichabrava pero una tía no un chochobravo?
Esta colega me acercó por su propia cuenta bastante a la definición de lo que es un chochobravo: "Yo es que soy mu sexual y me hace falta hacerlo todos los días". Joder, y eso que no tiene pareja, pensé yo. Así que supongo que se hartará de ligar con niñas monas que andan por ahí solas. Aunque también existe la opción de la autosatisfacción -pedazo de eufemismo que me ha salido, que parezco ya política y todo, vamos- y dedicarse a bravear en cama propia y sola.
Aunque no lo parezca por lo que cuento en este blog, a veces soy bastante cortada y la verdad es que no me atreví a seguir preguntándole porque la conversación discurrió por otros derroteros: básicamente nos dedicamos a hablar de la paella que nos zampamos y, como ya se sabe, que mezclar sexo y comida no es de buena educación, pues me callé de forma prudente. Pero después he seguido dándole al coco, oye tú. ¿Es posible convertirse en un chochobravo? ¿Un chocobravo nace o sea hace? ¿La libido da para tanto?
Al margen de estas dudas existenciales, lo que sí tengo claro es que esta colega se ha convertido en mi ídolo: yo también quiero convertirme en un chochobravo. ¡Y viva el bollerío!
¿Pero como este tío puede cuestionar el matrimonio homosexual a estas alturas? Sirva este post serio para, simplemente, mostrar mi cabreo porque si Rajoy llega a ser presidente del Gobierno es posible que nos quite un derecho que nos ha costado mucho ganar.
Sí que me gustaría preguntar a aquella gente que es del PP y homosexual -los hay y bastantes- o a aquellos que son del PP y basante más progresistas que Rajoy qué piensan sobre estas declaraciones. Un poquito de pataleo no vendría nada mal.
Vaya por delante la disculpa por usar una palabra malsonante -me refiero a chocho, claro-, pero es que el post lo requiere. Podría haber sido más explícita y haber hablado de coño, sin más, o más ñoña, y haberlo calificado de chichi, chochete o toto, pero creo que la palabra chocho es lo suficientemente rotunda sin resultar en exceso cursi.
Cuento el germen de esta entrada en el blog: la otra noche estaba de cenita con tres amigas y una de ellas -omito su nombre porque estaba influenciada por la presencia de su colega María (la que se fuma, of course)- tuvo un momento de lucidez.
- ¡Tíííííaaaaaaaaa! ¿Vosotras sabéis a qué sabe vuestro chocho? ¡Yo sí sé a qué sabe el mío!
Ante nuestra cara de póquer siguió con su diatriba.
- Sí... Tííííaaaaaaa... Cuando un tío está ahí comiéndos tóa la pipilla, lengua parriba, lengua pabajo le pegas un muerdo y así te das cuenta de a qué sabe tu chocho...
Sobra decir que éste es un pensamiento heterosexual 100%. Yo, más práctica, le pregunté:
- ¿Y para descubrir a qué sabe tu chocho no es más fácil pasarte el dedito por el chochete y después pegarle un lametón?
La que puso la cara de póquer en ese momento fue ella.
P.D. Tras este intercambio de diálogos absurdos derivamos en diálogos más absurdos aún y, entre diálogo y diálogo, dejamos una pregunta en el aire: ¿Lo que come influye en el sabor de tu chochete? Es decir, si te pones púa de cebolla, ¿tu chochete sabe después a cebolla? Agradecería que alguien aportara luz sobre esta cuestión.
Lo confieso: uno de esas ideas locas que ronda por mi cabeza desde hace tiempo es lograr convertir a alguna de mi amiga o conocida heterosexual en lesbiana. No sé por qué pero me da a mí el pálpito de que todos, en el fondo, somos bisexuales y que sólo es necesario el empujón adecuado para que incluso esas heteros más recalcitrantes sientan curiosidad por acostarse con otra mujer.
¿Quién no ha estado alguna vez en medio de un grupo de heterosexuales borrachas que han comenzado a darse piquitos entre ellas o, incluso, a dártelos a ti? Si no os ha pasado nunca, bichead aleatoriamente el Facebook de alguna amiga que no entienda: fijo que hay alguna foto en la que está cual palomita picoteando los morros de otra tía.
Cuando empecé a ver The L Word estaba convencida de que era la serie definitiva: ¿qué hetero modernilla se podría oponer a tener una experiencia lésbica después de ver a esas pedazo de mujeres con tantísima clase? Así que pensé que una buena manera de convencer a las colegas heteros para pasarse a la otra acera era organizar sesiones intensivas de visionado de la serie.
Tras fracasar en el intento -mira tú que ninguna se enganchó ni a la serie ni a acostarse con otra mujer-, he llegado a la conclusión de que lo mejor es ir de frente: meter cuello, vamos, tal y como denomina una amiga, también gay, al acto de abalanzarse sin mediar palabra sobre el pescuezo de una tía que te mole.
Lo malo es que para ser capaz de cometer actos de ese tipo, al menos en mi caso, es necesario llevar un puntito graciosete. Sí, exactamente el que llevaba la otra noche, vamos. He de decir que en mi juventud -¿con 20 y pocos añitos?- ya intenté cierta noche de marcha sacar del armario a una amiga a la que yo veía muy entendida, pero que estaba entregada a los convencionalismos del mundo heterosexual. Esa noche no lo pude confirmar porque yo no llevaba un puntito, sino un gran ciego que acabó conmigo dormida y roncando -supongo- en su cama, mientras ella se entretenía viendo en la tele una peli de esas francesas de autor subtituladísima. Aquello fue demasiado para mi estado de embriaguez y mi propósito de sacarla del armario se fue al traste. Ese privilegio quedó para otra colega, no sé si más osada o con más aguante a las noches de marcha que yo, que unos años después se la ventiló. ¡Mierda!
Pero poco importa ya lo que pasó hace ¿16 años? Lo que importa es lo que pasó la otra noche. Yuuuuuhuuuuu... Os pongo en antecendentes: cena con grupo de amigas heterosexuales, varias botellas de vino, juego del 'yo nunca', volver a explicar que en este juego cuando SÍ se bebe es cuando has hecho algo, típica pregunta de 'Yo nunca he sentido deseos de besar a otra mujer', todas bebemos, excepto una de nosotras, hetero recalcitrante, algunas cervezas más y ¿vamos a tomarnos una copita al centro?
Así que allí que aparecemos todas en un bareto del centro, medio borrachuzas y entonaditas después del 'Yo nunca' y, como ya se sabe, una cosa lleva a otra, lleva a otra...Y no sé por qué me recuerdo, así de repente, pegándole un beso en los morros a la hetero recalcitrante -la que no había deseado nunca a otra mujer-, ella mirándome con los ojos muy, muy abiertos y largándose a toda leche al servicio, tal vez porque su novio andaba rondando por el bar. Y lo peor es que, por lo visto, el beso gustarle, le gustó. Ay, que no hay nada peor que negar el deseo para que se te ponga de repente delante de tus morros, y nunca mejor dicho lo de delante de tus morros.
Las mujeres hablamos poco de sexo, ¿para qué negarlo? Pasé mi adolescencia rodeada de hombres y a ellos no les importaba vacilar de cuántas pajas se habían hecho o dejado de hacerse durante la siesta. Yo no fui capaz de hablar sobre la masturbación con mis amigas hasta que estaba ya bien talludita y se me pasó la fase vergüenza. Sin embargo, me parece a mí que las mujeres llegamos a una edad en la que nos desinhibimos. Pasados los 30 y pico, al menos en la gente de mi generación, como que hablar de sexo no da tanto corte, oye...
El otro día estaba yo con unas colegas cenando en un bar, empezamos a hablar y como que se fue calentando la cosa poco para gozo y disfrute de nuestros vecinos de mesa; de hablar de lo bueno que era fulanito en la cama -el resto de colegas era heterosexual- ya pasamos a hacer consideraciones sobre la conveniencia o no de practicar sexo anal -por supuesto que salió el chiste de Bob- y de ahí ya pasé yo directamente a preguntarles si conocían lo que yo denomino como 'efecto aspersor'.
Para mi sorpresa y su frustración ninguna sabía qué es el 'efecto aspersor'. Yo, que me vanaglorio de haber visto a varias mujeres correrse y que todo es saber dónde tocar, flipo con su desconocimiento. "¿De verdad que nunca os habéis corrido?" Caras de póquer. Es más: pensaban que me estaba quedando con ellas, con lo seria que yo soy cuando de lo que se trata es de hablar de sexo.
Pero mira tú por dónde que el otrodía me topé con este post en un blog de elmundo.es escrito por un médico. Su título, '¿Eyaculan las mujeres?', no debería ir entre interrogaciones. El autor certifica que, en efecto, eyaculamos. Y, al margen del texto que es muy ilustrativo, recomiendo echar un vistazo a los comentarios: hay por ahí alguien que cuenta que ha visto a una mujer echar un chorro de líquido -no, no es pipí- que ha llegado hasta el techo. Yo, la verdad, nunca he presenciado semejante prodigio, pero sí que he visto algo parecido a un aspersor en pleno funcionamiento salpicando todo lo que encuentra a su alcance.
* Si queréis saber más podéis leer esto, esto y esto
** Por favor, compartid vuestras experiencias para que dejen de dudar de mi palabra
Es la segunda vez que escribo este post. La primera se me borró. ¡Mierda! Éste es uno de los problemas que da tener doble personalidad: si tengo abiertos a la vez Blogger y mi cuenta personal de gmail -la de mi persona auténtica, claro-, al final Blogger revienta y mi última hora de trabajo no ha servido para nada. En fin. Así que si véis este post menos fresco que el resto, se debe a que está reescrito.
Una vez superada la fase 'muro de las lamentaciones', retomo el post, que va sobre muñecas. Lo confieso, yo nunca he sido de jugar con muñecas. No sé vosotras, pero cuando pequeña era más de gamberrear: me dedicaba a medrar por el barrio para encontrar niños con los que jugar al fúbol, dar paseos en bicicleta o con las que hacer pandilla para pegar a los niños de otro barrio, tirar petardos en papeleras o llamar a los timbres de los vecinos para fastidiarles la meriende. Mis Reyes más frustrantes fueron aquellos en los que mis tíos me regalaron un muñeco que era idéntico a un recién nacido al que ahogué con un cojín. Si yo lo que quería era el barco pirata de los clicks.
La única vez que recuerdo haber jugado con gusto con una muñeca fue cuando me dediqué a destripar una muy mona, con un vestidito verde, que tenía la virtud de pasear empujando un carrito con un bebé. Yo, con el consiguiente sofocón de mi madre, quería ver cómo funcionaba aquello. Y vaya si lo hice: lo malo es que, por mucho que me esmeré, aquella tipa jamás fue capaz de volver a empujar el carrito de su bebé con la constancia y la dedicación que lo hacía antes de mi intervención.
Si alguna vez jugué a las muñecas fue asumiendo el papel de Ken, el novio de Barbie, pero jamás le pillé el tranquillo a aquel juego tonto. ¿Mi infancia hubiera sido diferente con las DYKEdolls, algo así como las muñecas tortilleras? Pues es posible. Hay tres diferentes: la vaquera, la rockera y la Diésel, un híbrido entre una camionera, Lara Croft y nuestra deseada Shane. Ésa es la que aparece en la foto de arriba y con la que yo me quedo, que huyo de lo clásico y siento una atracción especial por lo más urbanos. Los únicos accesorios que traen, con independencia del modelo, son un vibrador y un arnés con un dildo.
¿Os imagináis a una de estas muñecas tortilleras jugando a las cocinitas con Barbie? Ja, ja... Definitivamente, mi infancia hubiera sido diferente: ya me veo a mi DYKEdolls Diésel en el coche descapotable de Barbie para acabar en su dormitorio rosita haciendo uso de los accesorios que traen esas muñecas bolleras... Y después, a patinar, que creo que también hay una Barbie patines, ¿no? Y para reponer fuerzas, pues nada mejor que cocinar una gran tortilla en la cocina de la rubia tonta. ¡Habrá que hacer honor al nombre de estas muñequitas!
P.D. El post que acabo de escribir no tiene nada que ver con el que se me morró hace media hora. ¡Esto es lo que tiene la creatividad y los fallos informáticos!
Lo confieso: ahora mismo estoy en el trabajo con muy pocas ganas de trabajar. No sé si serán los rigores del verano o que llevo unos días con la cabeza en otro sitio por líos de faldas, pero es que me la trae al pairo todo lo relacionado con mi curro. La mejor manera de huir hacia adelante es ponerme a navegar por internet. Así no se nota que no estoy en lo que estoy -sí, la becaria que está en el ordenador de en frente y a la que le acabo de encalomar un marrón que te cagas tiene que pensar ahora mismo que soy una máquina currando porque no levanto la vista de la pantalla y no paro de teclear-. Y mira tú por dónde, entre navegación y navegación he hallado la inspiración necesaria para escribir algo.
He llegado a este post en el que La Desgraciá da consejos para hacer un particular kit lésbico de folleteo urgente. Aconseja llevar preservativo. Argumenta, y no sin razón, que, con la dosis suficiente de alcohol, puedes acabar confundida en la noche, ignorando tu instito y concluir la velada retozando con un tío. A mí me ha pasado, lo confieso.
Pero yo pensaba que había lesbianas muy lesbianas que jamás podrían caer en un 'trampa' de este tipo, no por nada, sino porque ni siquiera tratan con hombres. Todas conocemos esos grupos de bollos de toda la vida que han acabado liadas todas entre sí -como en el 'chart' de Alice, sí- pero que jamás han catado hombre ¿Alguien se imagina a Shane liada con un tío por muy borracha que esté? No, verdad. Pues algo similar me pasa con una colega mía: jamás pensé que se pudiera sentir atraída por un hombre.
[Perdón. Me he tenido que levantar un momento porque la eficiente becaria se ha quedado sin trabajo y tenía que darle más]
Craso error. El hecho es que esta colega ha acabado liada con un tío. No una, sino repetidas veces. Vamos, que la otra tarde llegó con el cuello hecho un cristo del roce de la barba... Aaaahhrrggg... El único pelo que ha rozado mi barbilla en los últimos años ha sido de pubis de tías, lo confieso, aunque tal y como llevamos últimamente los chochitos, poco pelo hay ya que roce (me incluyo en esta moda).
La primera vez que se lio con el maromo esta amiga estaba borracha, pero el resto, lo dudo. "¿Tía, pero cómo te has podido liar con un tío? Si yo pensaba que tú pasabas de los tíos". "¡¡¡¡¡Es que soy muuuuuuu puta!!!!!" Pues eso, que para las que seáis muy putas, que está bien eso de llevar un preservativo en el bolso por si los calentones.
[Y aquí acabo. Que esta becaria es una máquina y me pide más trabajo. Vigilaré mi silla, por si las moscas, que a este paso va a empezar a peligrar]
Supongo que la palabreja no existe, pero mola. El señor García Francés me propuso hace unos días que colaborara con él en su blog, ahora revista, contando historias sobre lesbianas y le dije que sí. Así que por allí ando también, por si alguien se anima a hacer una visita.
Las vacaciones dan para mucho, ¡oh sí! Y hay muchos que en vacaciones se dedican a ligar sin ton ni son y sin echar una miradita previa al personal para detectar cuáles son sus gustos. Ojo, que digo "muchos" y no muchas No sé por qué pero en Caños de Meca (Cádiz) predomina ese especimen de macho ibérico encantado de conocerse y que dispara, en bermudas y plagadito de tatuajes horteras, guiños con intención de ligoteo a diestro y siniestro.
Sí que hay ambiente. Por supuesto que lo hay, aunque el rollo heterosexual gana por goleada, tanto en los chiringos de la playa a la hora de la siesta como durante las noches de marcha. A mí se me acercó uno de esos tipejos mientras tomaba el sol en mi toalla inmensa con tranquilidad en la playa.