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jueves, julio 04, 2013

Bisexualidad y MBA

Hace ya tiempo que le estaba dando vueltas a esta cuestión, pero ha sido el comentario que Valhalla ha dejado en mi último post lo que me ha animado a escribir sobre estos asuntos que, creo, pueden resultar polémicos. Confiesa Valhalla que está en una etapa de cambios y que cada vez está más convencida de que le gustan las mujeres porque lo que es atraerle siempre le han atraído más que los hombres.

¡Ay, amiga! Hace sólo unos días, el lunes pasado, estábamos celebrando el cumpleaños de mi amiga la pija cuando tanto ella como una amiga lanzaron a los cuatro vientos su intención de "hacerse lesbianas" porque con los hombres les va de culo. Yo, que soy vehemente (¿para qué negarlo?) expuse con claridad mi opinión: todos somos bisexuales y les animé, por supuesto, a probar qué es estar con una mujer. Tambien les advertí que tuvieran cuidado porque, como ya sabemos nosotras, quien prueba se acaba quedando enganchada, pero eso sí, como he dicho antes con la conciencia de que todos somos en potencia bisexuales.

Ya, ya sé que a alguna le puede entrar un sarampión con esta afirmación, pero estoy convencida de que en potencia todos somos bisexuales y que esa es la condición ideal del ser humano, la bisexualidad, es más, creo que la situación ideal es la bisexualidad combinada con un matrimonio abierto.

Yo he pasado por varias fases en esto de la identidad sexual: empecé a tener novietes, luego pasé a tener novia y ahí llevo más de media vida, 21 años para ser exacta, teniendo relaciones con mujeres y tan feliz pero dentro de mí hay una parte que sabe que se lo pasaría bien teniendo relaciones sexuales con hombres. Ya, ya sé que todo el mundo no piensa así. Para mí lo ideal en el ser humano es integrar, la integración de todo, y en ese integración entra lo masculino y lo femenino, el ying y el yang, el hombre y la mujer, el todo.

Ahora vamos a la segunda cuestión que incluso puede resultar más polémica que la de la bisexualidad (¿veis como sí que soy vehemente?), la de tener una relación abierta, en el que cada miembro de la pareja pueda acostarse con otras personas sin que pase nada. Al parecer en inglés se le llama MBA, Married But Available (Casado pero disponible). Pues sí, eso sería: disfrutar del calor del hogar en pareja y de la pasión de lo que surja, dejarse llevar por la libido, por el placer, por el disfrute... Ay, se ve que hoy hace demasiado calor por estas tierras sureñas.

Alguien dijo que el mundo de las relaciones es un océano lleno de peces, ¿por qué el estar en pareja nos tiene que impedir seguir pescando? ¿O nunca te has sentido atraído por alguien a pesar de tener pareja y estar a gusto con ella? El ser humano es curioso por naturaleza y ¿qué puede generar más curiosidad que conocer a una persona que te atrae de forma íntima? 

Sí, ¡viva el amor libre!

miércoles, junio 15, 2011

¿Y tú cómo sabes que estás enamorada?


Lo confieso: ando enganchada al Twitter de Alejandro Jodorowsky. Me parece ocurrente, divertido y, mira tú por donde, te hace reflexionar. Hoy le preguntaba una colega al psicomago que cuál es el momento en el que te das cuenta de que te ha enamorado. Él, sin más circunloquios, le dice "amiga, te das cuenta de que te has enamorado cuando apenas escucha su nombre tu sexo se humedece".

Esta reflexión de Jodo me ha recordado a un chiste, de esos cafres que aprendes cuando eres joven y que. no sé por qué, me viene a la mente de vez en cuando.

El chiste en cuestión va de una pija y de una chusma que están hablando. Entonces la chusma le pregunta a la pija que cómo sabe que se ha enamorado. La pija le cuenta que cuando ella ve llegar a su novio, en su moto, ve cómo se quita el casco y deja su cabello dorado al viento, se le coge un no sé qué en el estómago y, de repente, sabe que se ha enamorado. 

La pija entonces le pregunta a la chusma que ella cómo sabe qué esta enamorada. La chusma le cuenta que cuando llega su chico en la moto, se quita el casco y le pega un morreo, ella se quita las bragas, las tira al techo y si se quedan pegadas, es que está enamorada.

¿Y tú, cómo sabes que estás enamorada? ¿Eres de las que se te coge un no sé qué en el estómago o de las que te fías del estado de tus bragas?


miércoles, abril 27, 2011

En busca de un macho semental

Woody Allen disfrazado de espermatozoide en una película.
Desayuno con una noticia que publica hoy El País: hay al menos tres comunidades autónomas (Cataluña, Murcia y Asturias) que se niegan a dar tratamientos de fecundidad a parejas de lesbianas. El problema, según cuentan en la noticia, es que el decreto que regula la reproducción asistida señala que este tratamiento será sufragado por la sanidad pública siempre que haya esterilidad. Al no haber varón en la pareja, no puede haber esterilidad. 

Lógico aunque absurdo. Y es más absurdo es que haya comunidades autónomas que aplican la ley a rajatabla, cuando hay otras que optan por la manga ancha, como es el caso de Andalucía. Si eres catalana, murciana o asturiana y quieres tener un niño, ya sabes: a cascar los entre 6.000 y 12.000 euros que cuesta un tratamiento de fertilidad.

Eso o te buscas un macho semental cualquier noche de esas locas que te fecunde por el método tradicional, porque muchas más opciones no quedan. También te puedes casar por conveniencia con un macho estéril, aunque lo veo más complicado, aunque, ya se sabe, en internet se encuentra cualquier cosa.

Por cierto, como los senderos de la memoria son inescrutables, esto me ha traído a la cabeza una conversación que tuve hace años con una colega que seguidora de Escrivá de Balaguer, numeraria del Opus -sí, la vida te pone por delante a gente que no tiene nada que ver contigo-.

Ella me decía que en todo acto sexual debía haber una intención de procrear, si no, era pecado. Y yo le respondí que entonces el sexo con mi pareja no era pecaminoso, porque no poníamos de por medio métodos anticonceptivos y que intentar procrear, lo intentábamos, pero que no había manera, oye tú... Yo creo que aquel día sí que vio dragones.

miércoles, abril 13, 2011

¡Carne fresca!

Todas las fans de 'The L Word' recordaréis aquella escena en la que Bette, recién separadita, iba al Planet y alguien la llamaba 'carne fresca' porque volvía al mercado del ligoteo y podía ser objeto de deseo de todas las tiparracas que por allí pululaban. Yo, lo confieso, vi la escena exagerada. "¿Tan poco pudor tiene la gente?". Pues sí, tan poco pudor tiene la gente.

Me di cuenta de ello el fin de semana pasado, de marcheta por Torremolinos, por Pueblo Blanco, zona de marcheta homosexual en el que fue un paraíso para los gays incluso en años del franquismo (un día prometo un post sobre ello) pero que tiene ahora cierto regusto horterilla, ¿para qué negarlo? Allí nos encalomamos el sábado por la noche dos 'entendidas' y mi amiga la Biendicha, heterosexual recalcitrante donde las haya.

Acabamos en 'El puntazo', uno de esos bares llevados por lesbianas para lesbianas. Yo, lo confieso, soy poco dada a salir de marcha. Dada mi avanzada edad soy de cena con buen vino aliñada con un gin-tonic bien puesto, así que frecuento poco los bares de ambiente. Pero aquella noche, mi amiga la Biendicha quería ir a toda costa a un bar gay. Para mí que le picaba la curiosidad. ¿Por qué siempre a las tías hetero quieren ir a sitios gays?

Y creo que su curiosidad se vio satisfecha. Nada más llegar y tras pasar por delante de la decena de bollitos que había agolpada ante la puerta de entrada, notamos sobre nuestros tres cogotes una veintena de ojos que decían ¡carne fresca! "¡Huy, huy, huy...!", pensamos las dos 'entendidas', que inmediatamente nos pegamos un achuchón y un morreíto para decir: 'No pasar. Propiedad privada'. Hecho esto la única novedad en aquel momento en 'El puntazo' era mi amiga la Biendicha...

Hacia ella se abalanzaron dos jóvenes mozas, una de ella monísima, la otra pasable, pero ambas con una borrachera de campeonato. "No, yo es que soy hetero", dijo mi amiga nada más acercarse ambas. "Mi última novia también me dijo que era heterosexual cuando la conocí", le espetó una de las mozas, quien dejó claro que no se iba a desanimar fácilmente.

Sólo que la otra le tomó la delantera. Una niña monísima, con cara angelical, pelito rizado y muy femenina, quien no dudó en meterle una teta prácticamente en la boca a mi amiga la Biendicha. "¡¡¡Niña, tiene unas tetas mu monas, pero a mí me gustan las pooollas!!! Además, podía ser tu madre".

La chavala no se amedrentó: "Toca, toca". "Que nooooo". Al final, lo prometo, ante tanta insistencia mi amiga acabó tocándole las tetas, eso sí, con carilla de asco y sólo con la puntillas de los dedos, sin sobar demasiado. "Así se empieza, así se empieza", le dije yo, pero no, parece que, de momento, no se cambia de acera.

martes, enero 25, 2011

Desapego bolleril

Llevo desde verano atravesando una crisis vital, así que para intentar salir de ella me estoy dedicando en los momentos de mayor decadencia a rever The L Word, a ver si ahí vuelvo a encontrar el sentido a mi vida de lesbiana en la treintena, sin ruta ni norte de vida, asomada a eso que llaman vacío existencial y que, ya frisando los 40, ve como nada de lo que tenía planeado haber hecho a esa edad se ha materializado.

Ya  habéis leído cómo se llama el blog, 'Quiero ser como Bette', pero al alcanzar la edad que ella más o menos tiene en la serie pues ni tengo coche descapotable (me tengo que conformar con un triste utilitario), tengo un trabajo al que si llegara en traje chaqueta me mirarían como si fuera gilipollas (con los vaqueros voy más que digna) y en el que ni siquiera me mando a mí misma. Carezco de secretario y de casa con piscina (sí que tengo un pisito con una habitación) y tampoco tengo mujer que se quiera quedar embarazada por mí (¡qué bella es Tina!). 

No sé por qué pero pienso que en The L Word, y en las sabias palabras de mi admirada Bette, encontraré la clave que me lleve al despertar, a convertirme en una bollera con una vida plena, no centrada en lo material, sino en la espiritual, con conciencia búdica y que, con sólo echar un vistazo a un bar de ambiente, sea capaz de entender la verdad última de cada una de las yogurinas que hay en él y, por lo tanto, cuál es la que más conviene para llegar a la plenitud  a través de la práctica del tantra en compañía.

Acabo de releer lo que he escrito y para que mí que me amiga la Biendicha -la misma que se preguntaba a qué sabe un chocho, por contradictorio que parezca- ha influido durante estos meses mi ser más de lo que yo pensaba: tanto insistencia en que medite, medite para superar esa crisis vital me está llevando a un puntito místico desconocido en mí hasta el momento: ¿estará en ese punto místico la felicidad absoluta? ¿Estará en el desapego de lo material el camino de la realización? Joder, ¡que no había tomado conciencia de esto hasta escribirlo!

Pues como toda toma de conciencia es motivo de celebración -¿dónde habré escuchado yo eso últimamente?- pues, celebrémoslo, ¿no? Igual la felicidad de una mujer, lesbiana por más señas, que casi ha llegado a los cuarenta y no tiene nada de lo que esperaba tener cuando llegara a esa edad no está en ser una ejecutiva pija, con trajes chaqueta caros, siervos alrededor y con muuucho poder. No sé. Igual es el momento de desapegarme de esa creencia y dejar de querer ser como Bette. Meditaré sobre ello.

* A pesar de este despertar espiritual, sigo queriendo tener un Saab descapotable azul.

** En este inesperado post iba a hablar de las estrellas de oro, pero no sé por qué he acabado escribiendo esto: mi inconsciente, que es más listo que yo... Queda pendiente lo de las estrellas de oro para el próximo.


martes, enero 11, 2011

Cómo pesar tus tetas

Lo prometí en el último post: iba a dejar de hablar de chochos, así que me he decidido a hablar de tetas. ¿Cómo se ha producido este giro radical en la temática de mi blog?  Pues, paradojas de la vida, la responsable es mi colega la Chochobravo. ¿Quién lo hubiera pensado, que alguien que se autodenomina Chocobravo fuera espoleta para que yo empezara a hablar de tetas?

En fin. Para mí que no hay nada más peligroso que una cena con colegas en una casa y con varias botellas de vino. Yo no sé si os pasa a vosotras, pero para mí ése es un espacio sagrado en el que puede suceder cualquier cosa, incluida la que pasó la otra noche. Después de una botella de sidra, varias de vino -muy rico, por cierto-, varias copichuelas de sorbete de cava y algo de licor traído desde Galicia, el derrape estaba servido en bandeja, ¿para qué negarlo? ¿Para qué negármelo?

La mecha la prendieron las tetas de otra de las colegas -me permito reservarme su nombre para no herir susceptibilidades-, bastante hinchaditas ante la inminente llegada de ese visitante coñazo -y nunca mejor dicho lo de coñazo- que nos llega a las mujeres en edad de procrear una vez al mes -por cierto, y ahora que hablo de esto, prometo otro post sobre la sincronicidad en las parejas de lesbianas con la regla-. La verdad es que esta colega tiene unos pero que muy buenos pechos y, con la ovulación, pues se le ponen aún mejor. Je, je...

Nuestra conversación comenzó en girar en torno a ese asunto casi de manera obsesiva, me atrevería a decir. "Pues yo creo que cada teta me engorda por lo menos un kilo cuando me va a venir la regla", decía esta colega. De repente Chochobravo saltó de su silla y en cero coma apareció con una báscula electrónica traída a toda máquina desde el cuarto de baño para realizar el pesaje de las teta de esta colega en estado premenstrual.

"Móntate, móntate". 61 kilos. "Ahora vuelve a montarte", le dijo al tiempo que le sujetaba por debajo las tetas para que estuvieran en algo que podríamos denominar estado de ingravidez. ¡¡¡57 kilos!!! Dos kilos por teta. La verdad es que a mí jamás se me hubiera ocurrido realizar el pesaje de un pecho de esta manera. Yo hubiera sido menos imaginativa: hubiera usado una balanza de precisión, tal y como hicimos en el instituto con una compañera que tenía unas teeeeeeeetaaaaassss tremmmeeeeendaaasss... Si no recuerdo mal, ¿podía pesar cada una de ellas algo así como tres kilos?

Otra de las colegas y yo asistimos expectantes al pesaje. La verdad es que a mí me picó el gusanillo de comprobar cuanto pesa cada uno de mis pechos -para mí que andan también bien servidos, porque ando por la 100- pero el hecho de que eso llevara implícito conocer cuantos kilos he engordado estas Navidades hizo que renunciara a pasar por la báscula.

viernes, diciembre 24, 2010

¿Comerás hoy marisco? (Va con segundas)

Todas hemos tenido una época en la que no había más remedio que combinar la vida en casa de los padres con la práctica del sexo. ¿Me equivoco? Yo, por fortuna, durante los años locos de la universidad, en los que por supuesto hice de todo menos estudiar, tenía un Ford Fiesta blanco súperpijo con asientos reclinables -fue lo primero que miré al ir a comprarlo- en el que, mejor o peor, se podían hacer exploraciones amatorias variadas e intensas.

Sólo era necesario un aparcamiento oscuro, alejado del mundanal ruido, para navegar por cualquier cuerpín que se pusiera a tiro sin prisas pero sin pausa. Tremendos años aquellos de libertinaje, despreocupación y golfeo. Una de aquellas noches en las que el Ford Fiesta acabó prácticamente inundado de pasión y de fluidos corporales varios, al volver a mi casa me encontré a mis padres bien senditos y calentitos delante del sofá viendo la tele.


   - Buenas noches

   - Buenas noches

   - Nena, ¿qué has estado, cenando marisco? -preguntó mi madre que estaba como a dos o tres metros de distancia de mí algo alucinada-.

   - No, no, ¿por qué?

   - Por el olor

   - Pues no -yo ya muy, muy roja- la verdad es que he cenado una hamburguesa.

Va ser cierto el mito ese de que el chocho huele a marisco. Por cierto, no sé que me pasa. Me acabo de dar cuenta que de las últimas cinco entradas en el blog tres van sobre chochos. Prometo darle un giro radical a esto.

No sé por qué pero este post me ha parecido una manera simpática y diferente de felicitar las Navidades. Supongo que será porque es una noche de mariscadas varias y he supuesto que al comeros las patitas de cangrejo o las gambas de turno no podréis evitar echar una sonrisilla picarona.

domingo, octubre 17, 2010

¿A qué sabe tu chocho?

Vaya por delante la disculpa por usar una palabra malsonante -me refiero a chocho, claro-, pero es que el post lo requiere. Podría haber sido más explícita y haber hablado de coño, sin más, o más ñoña, y haberlo calificado de chichi, chochete o toto, pero creo que la palabra chocho es lo suficientemente rotunda sin resultar en exceso cursi.

Cuento el germen de esta entrada en el blog: la otra noche estaba de cenita con tres amigas y una de ellas -omito su nombre porque estaba influenciada por la presencia de su colega María (la que se fuma, of course)- tuvo un momento de lucidez.

           - ¡Tíííííaaaaaaaaa! ¿Vosotras sabéis a qué sabe vuestro chocho? ¡Yo sí sé a qué sabe el mío!


Ante nuestra cara de póquer siguió con su diatriba.


          - Sí... Tííííaaaaaaa... Cuando un tío está ahí comiéndos tóa la pipilla, lengua parriba, lengua pabajo le pegas un muerdo y así te das cuenta de a qué sabe tu chocho...


 Sobra decir que éste es un pensamiento heterosexual 100%. Yo, más práctica, le pregunté:


           - ¿Y para descubrir a qué sabe tu chocho no es más fácil pasarte el dedito por el chochete y después pegarle un lametón?


La que puso la cara de póquer en ese momento fue ella.


P.D. Tras este intercambio de diálogos absurdos derivamos en diálogos más absurdos aún y, entre diálogo y diálogo, dejamos una pregunta en el aire: ¿Lo que come influye en el sabor de tu chochete? Es decir, si te pones púa de cebolla, ¿tu chochete sabe después a cebolla? Agradecería que alguien aportara luz sobre esta cuestión.

jueves, octubre 07, 2010

Convirtiendo heterosexuales en lesbianas

Lo confieso: uno de esas ideas locas que ronda por mi cabeza desde hace tiempo es lograr convertir a alguna de mi amiga o conocida heterosexual en lesbiana. No sé por qué pero me da a mí el pálpito de que todos, en el fondo, somos bisexuales y que sólo es necesario el empujón adecuado para que incluso esas heteros más recalcitrantes sientan curiosidad por acostarse con otra mujer.

¿Quién no ha estado alguna vez en medio de un grupo de heterosexuales borrachas que han comenzado a darse piquitos entre ellas o, incluso, a dártelos a ti? Si no os ha pasado nunca, bichead aleatoriamente el Facebook de alguna amiga que no entienda: fijo que hay alguna foto en la que está cual palomita picoteando los morros de otra tía.

Cuando empecé a ver The L Word estaba convencida de que era la serie definitiva: ¿qué hetero modernilla se podría oponer a tener una experiencia lésbica después de ver a esas pedazo de mujeres con tantísima clase? Así que pensé que una buena manera de convencer a las colegas heteros para pasarse a la otra acera era organizar sesiones intensivas de visionado de la serie.

Tras fracasar en el intento -mira tú que ninguna se enganchó ni a la serie ni a acostarse con otra mujer-, he llegado a la conclusión de que lo mejor es ir de frente: meter cuello, vamos, tal y como denomina una amiga, también gay, al acto de abalanzarse sin mediar palabra sobre el pescuezo de una tía que te mole.

Lo malo es que para ser capaz de cometer actos de ese tipo, al menos en mi caso, es necesario llevar un puntito graciosete. Sí, exactamente el que llevaba la otra noche, vamos. He de decir que en mi juventud -¿con 20 y pocos añitos?- ya intenté cierta noche de marcha sacar del armario a una amiga a la que yo veía muy entendida, pero que estaba entregada a los convencionalismos del mundo heterosexual. Esa noche no lo pude confirmar porque yo no llevaba un puntito, sino un gran ciego que acabó conmigo dormida y roncando -supongo- en su cama, mientras ella se entretenía viendo en la tele una peli de esas francesas de autor subtituladísima. Aquello fue demasiado para mi estado de embriaguez y mi propósito de sacarla del armario se fue al traste. Ese privilegio quedó para otra colega, no sé si más osada o con más aguante a las noches de marcha que yo, que unos años después se la ventiló. ¡Mierda!

Pero poco importa ya lo que pasó hace ¿16 años? Lo que importa es lo que pasó la otra noche. Yuuuuuhuuuuu... Os pongo en antecendentes: cena con grupo de amigas heterosexuales, varias botellas de vino, juego del 'yo nunca',  volver a explicar que en este juego cuando SÍ se bebe es cuando has hecho algo, típica pregunta de 'Yo nunca he sentido deseos de besar a otra mujer', todas bebemos, excepto una de nosotras, hetero recalcitrante, algunas cervezas  más y ¿vamos a tomarnos una copita al centro?  

Así que allí que aparecemos todas en un bareto del centro, medio borrachuzas y entonaditas después del 'Yo nunca' y, como ya se sabe, una cosa lleva a otra, lleva a otra...Y no sé por qué me recuerdo, así de repente, pegándole un beso en los morros a la hetero recalcitrante -la que no había deseado nunca a otra mujer-, ella mirándome con los ojos muy, muy abiertos y largándose a toda leche al servicio, tal vez porque su novio andaba rondando por el bar. Y lo peor es que, por lo visto, el beso gustarle, le gustó. Ay, que no hay nada peor que negar el deseo para que se te ponga de repente delante de tus morros, y nunca mejor dicho lo de delante de tus morros.

jueves, septiembre 16, 2010

El efecto aspersor (sí, va sobre la eyaculación en las mujeres)

Las mujeres hablamos poco de sexo, ¿para qué negarlo? Pasé mi adolescencia rodeada de hombres y a ellos no les importaba vacilar de cuántas pajas se habían hecho o dejado de hacerse durante la siesta. Yo no fui capaz de hablar sobre la masturbación con mis amigas hasta que estaba ya bien talludita y se me pasó la fase vergüenza. Sin embargo, me parece a mí que las mujeres llegamos a una edad en la que nos desinhibimos. Pasados los 30 y pico, al menos en la gente de mi generación, como que hablar de sexo no da tanto corte, oye... 

El otro día estaba yo con unas colegas cenando en un bar, empezamos a hablar y como que se fue calentando la cosa poco para gozo y disfrute de nuestros vecinos de mesa;  de hablar de lo bueno que era fulanito en la cama -el resto de colegas era heterosexual- ya pasamos a hacer consideraciones sobre la conveniencia o no de practicar sexo anal -por supuesto que salió el chiste de Bob- y de ahí ya pasé yo directamente a preguntarles si conocían lo que yo denomino como 'efecto aspersor'. 

Para mi sorpresa y su frustración ninguna sabía qué es el 'efecto aspersor'. Yo, que me vanaglorio de haber visto a varias mujeres correrse y que todo es saber dónde tocar, flipo con su desconocimiento. "¿De verdad que nunca os habéis corrido?" Caras de póquer. Es más: pensaban que me estaba quedando con ellas, con lo seria que yo soy cuando de lo que se trata es de hablar de sexo.

Pero mira tú por dónde que el otrodía me topé con este post en un blog de elmundo.es escrito por un médico. Su título, '¿Eyaculan las mujeres?', no debería ir entre interrogaciones. El autor certifica que, en efecto, eyaculamos. Y, al margen del texto que es muy ilustrativo, recomiendo echar un vistazo a los comentarios: hay por ahí alguien que cuenta que ha visto a una mujer echar un chorro de líquido -no, no es pipí- que ha llegado hasta el techo. Yo, la verdad, nunca he presenciado semejante prodigio, pero sí que he visto algo parecido a un aspersor en pleno funcionamiento salpicando todo lo que encuentra a su alcance.


* Si queréis saber más podéis leer esto, esto y esto
** Por favor, compartid vuestras experiencias para que dejen de dudar de mi palabra

lunes, septiembre 13, 2010

Muñecas tortilleras versus Barbies

Es la segunda vez que escribo este post. La primera se me borró. ¡Mierda! Éste es uno de los problemas que da tener doble personalidad: si tengo abiertos a la vez Blogger y mi cuenta personal de gmail -la de mi persona auténtica, claro-, al final Blogger revienta y mi última hora de trabajo no ha servido para nada. En fin. Así que si véis este post menos fresco que el resto, se debe a que está reescrito.

Una vez superada la fase 'muro de las lamentaciones', retomo el post, que va sobre muñecas. Lo confieso, yo nunca he sido de jugar con muñecas. No sé vosotras, pero cuando pequeña era más de gamberrear: me dedicaba a medrar por el barrio para encontrar niños con los que jugar al fúbol, dar paseos en bicicleta o con las que hacer pandilla para pegar a los niños de otro barrio, tirar petardos en papeleras o llamar a los timbres de los vecinos para fastidiarles la meriende. Mis Reyes más frustrantes fueron aquellos en los que mis tíos me regalaron un muñeco que era idéntico a un recién nacido al que ahogué con un cojín. Si yo lo que quería era el barco pirata de los clicks.

La única vez que recuerdo haber jugado con gusto con una muñeca fue cuando me dediqué a destripar una muy mona, con un vestidito verde, que tenía la virtud de pasear empujando un carrito con un bebé. Yo, con el consiguiente sofocón de mi madre, quería ver cómo funcionaba aquello. Y vaya si lo hice: lo malo es que, por mucho que me esmeré, aquella tipa jamás fue capaz de volver a empujar el carrito de su bebé con la constancia y la dedicación que lo hacía antes de mi intervención.

Si alguna vez jugué a las muñecas fue asumiendo el papel de Ken, el novio de Barbie, pero jamás le pillé el tranquillo a aquel juego tonto. ¿Mi infancia hubiera sido diferente con las DYKEdolls, algo así como las muñecas tortilleras? Pues es posible. Hay tres diferentes: la vaquera, la rockera y la Diésel, un híbrido entre una camionera, Lara Croft y nuestra deseada Shane. Ésa es la que aparece en la foto de arriba y con la que yo me quedo, que huyo de lo clásico y siento una atracción especial por lo más urbanos. Los únicos accesorios que traen, con independencia del modelo, son un vibrador y un arnés con un dildo. 

¿Os imagináis a una de estas muñecas tortilleras jugando a las cocinitas con Barbie? Ja, ja... Definitivamente, mi infancia hubiera sido diferente: ya me veo a mi DYKEdolls Diésel en el coche descapotable de Barbie para acabar en su dormitorio rosita haciendo uso de los accesorios que traen esas muñecas bolleras... Y después, a patinar, que creo que también hay una Barbie patines, ¿no? Y para reponer fuerzas, pues nada mejor que cocinar una gran tortilla en la cocina de la rubia tonta. ¡Habrá que hacer honor al nombre de estas muñequitas!

P.D. El post que acabo de escribir no tiene nada que ver con el que se me morró hace media hora. ¡Esto es lo que tiene la creatividad y los fallos informáticos!





viernes, marzo 12, 2010

La 'lesbianada' del traje chaqueta


Me pregunto por qué en toda boda entre lesbianas que se precie una de las dos cónyuges tiene que llevar traje de chaqueta. La interrogante en sí ha surgido tras ver la foto que pongo ahí arriba, y que corresponde al primer enlace gay en Washington. En esta foto, como se puede ver, no es una la que lleva traje de chaqueta, ¡¡¡sino que son las dos!!!.

Tras ver esta imagen he tirado de mi memoria y, mira por dónde, incluso la única boda -que al final fue una no boda- que hay en 'The L Word' perpetúa este tópico: si no recuerdo mal Shane iba pertrechada con un estiloso esmoquin, a lo Carme Chacón, cuando dejó a su novia plantada en al altar.

Ahora me asalta una duda: ¿Esta tendencia en el vestir se debe a que en toda pareja de lesbianas hay una que lleva los pantalones? o ¿simplemente es que algunas nos vemos más favorecidas con el dichoso trajecito que con un remilgado vestido de tarta de bodas? Quizás sea un acto más de rebeldía ante el estereotipo de mujer dominante, como el de Carme Chacón en la Pascua Militar.

En todo esto estoy cayendo mientras escribo, lo confieso. Antes de empezar este post veía lo de la boda con traje chaqueta como una 'lesbianada' -permitidme la expresión-, pero igual tiene un sentido. Yo, la verdad, creo que si me pusiera un vestidito de esos blancos para casarme dejaría de ser yo. Y tampoco es plan, cuando te casas -¡pánico me da sólo pensarlo!- tienes que dejar una parte de ti, pero tampoco es plan de convertirte en la Barbie Bodas.

Estoy escribiendo esto y me estoy acordando de uno de los episodios más traumáticos de mi infancia: mi comunión. Mi madre me compró el vestido con muuuuucha antelación, y cuando fui a probármelo la semana antes de que me dieran la hostia de rigor aquell me quedaba pequeño. Así que me tuve que tirar una semana entera a régimen. El vestido entró a duras penas y tras acabar el primer plato del convite estaba a punto de reventar y tuve que cambiarme.

Conclusión: si alguna vez me caso, creo que seré de las que lo haga con traje chaquetas. Mi novia es más estilosa que yo llevando vestiditos y, para qué negarlo, a mí el traje me da cierto aire de... No sé como decirlo... Sí, cierto aire de autoridad, como a mi admirada Bette y como a la ministra Chacón.

martes, febrero 10, 2009

Algo se mueve

Ya sé que llevo más de un mes sin escribir en éste, mi blog. Pero es que desde que sé que internet va a dejar de ser un hobby para convertirse en breve en el centro de mi trabajo he desarrollado una resistencia importante a acercarme, siquiera, a los ordenadores. Aunque siempre escribir aquí será, sin lugar a dudas, más divertido que esa misión que tiene para mí reservada el destino, así que seguiré dando la tabarra con mis historietas.

También influye en esta resistencia las consecuencias de la ya conocida como "la fiesta de las ostras". La más inmediata fue que mis compañeras de gimnasio abrieron el inevitable grupo del Facebook en el que ahora se dedican a escribir en el muro mensajitos subidos de tono pidiendo más fiestas similares, sin hombres, y con una carga erótica explícita. ¿Cómo si no se puede interpretar que abran un foro de debate sobre qué es más cómodo para hacer deporte, si usar sujetador deportivo o camisetas con sujetador incorporado?

No sé si me he vuelto muy mal pensada o es que veo doble sentido en todo, pero para mí que detrás de esa pregunta sobre los sujetadores hay una intención oculta. Me temo que alguna que otra se está replanteando su orientación, sexual, por supuesto, y no sé que influencia puede ejercer lo que cuento aquí. Para mí que los paseos por este blog pueden resultar dañinos para la salud emocional de alguna que ya me ha pedido que le pase las cinco temporadas de The L Word y los capítulos ya emitidos de la sexta. Ése es el primer síntoma de que algo se está moviendo. Para mí que se avecina una época de cambios.

domingo, diciembre 28, 2008

"¡Estoy harta de pepinos, quiero ostras!"

Yo soy de esas personas que creen que todos somos, en cierta medida, bisexuales. No hay nadie que de forma exclusiva se sienta atraída por las personas de su mismo sexo ni nadie que lo haga sólo por alguien del sexo contrario. Para mí esa premisa es una creencia que la vida se empeña, una y otra vez, en demostrarme que es cierta.

Y la última vez que la vida me dio esa satisfacción fue ayer mismo. Eso sí, he de advertir que para contar esta historia me veo obligada a alterar datos relativos a identidades o al entorno en el que estos hechos sucedieron. La autoestima de varios maridos está en juego.

Todo sucedió ayer en, digamos, una cena de esas navideñas, tan fraternales y llenas de momentos de exaltación de la amistad promovidos por la ingesta masiva de alcohol, organizada por las compañeras del, por ejemplo, gimnasio en el que coincidimos cada mediodía en la clase de pilates.

Lo que en principio iba a reunir a sólo una docena de colegas que comparten ese momento tan íntimo que es contraer en grupo la pelvis se convirtió en un encuentro masivo al que también acudieron las que van por la mañana a pilates, las que van por la tarde, las seguidoras del body balance y las que tienen en la clase de abdominales su tótem de lo que es sudar de verdad en el gimnasio.

Resumiendo. En total nos juntamos medio centenar de mujeres, muchas de las cuáles no nos habíamos visto en la vida. A pesar de todo, en aquel grupo tan variopinto superábamos de manera ostensible el porcentaje medio de lesbianas, y así por lo alto calculo que el 15% entendiamos... Salidas del armario, claro, porque el resto fue saliendo a medida que avanzó la noche y que el Cacique comenzó a hacer sus efectos.

Nada más acabar la comida empezaron las primeras muestras de cariño. La guerra de migas de pan dio paso al bailoteo. Fue entonces cuando llegaron los primeros refregones al son de esa salsa que se llama 'Valió la pena' de Marc Anthony. Los balanceos de los culos y las oscilaciones de las tetas eran compasados por manos todavía inocentes que palpaban los traseros al son de la música del cubano.

Todo inocente. Nada libidinoso. El problema es el alcohol, que saca la lesbiana que todas llevamos dentro, y el alcohol no tardó demasido en extender una manto de deseo en aquel bailoteo incesante. Pronto llegaron las confesiones: "Con lo bien que se os ve a las parejas de lesbianas, es que a una le da ganas de mandar al marido a la porra y liarse con una mujer", nos comentaba voz en grito una de las alumnas más aventajadas y con el vientre más plano de la clase de pilates.

Ella fue, precisamente, la que acabó bailando con los pantalones muy por debajo de la cadera, mientras que, digamos, una de las monitoras de body balance pegaba su cara a la rajilla de su culo que, obviamente, se encontraba a la vista. Mientras tanto, aquella idea apuntada por algunas -sí, probar qué es estar con una mujer a pesar de estar casadita y con niños-, a medida que pasó la noche se convirtió en clamor, e incluso llegaron a programarse futuros encuentros.

Entonces yo me ofrecí como asesora. "No, no hace falta, yo estoy más que acostumbrada a tener que acabar por mi cuenta la faena, así que sé de qué va esto, y al fin y al cabo, todas tenemos lo mismo ahí abajo", me contestó la monitora de body balance que sólo un rato antes estaba refregando su cara por la rajilla del culo de la alumna aventajada de pilates.

En ese momento yo sólo pude argumentar que la perspectiva cambiaba al estar con otra mujer y que, con experiencia y paciencia, todo era posible, incluso lograr en tu pareja el conocido como "efecto aspersor", desconocido por una amplia parte de la audiencia, que puso cara de póker y dijo que no tenía ni idea de qué era aquello. En defensa de la monitora de body balance he de decir que ella sabía perfectamente de qué estaba hablando, lo que me dejó mucho más tranquila, porque la alumna aventajada de pilates no paraba de berrear: "¡Estoy harta de pepinos, quiero probar las ostras!


* Si has estado en una fiesta de esta calaña, por favor, por favor, narra tu experiencia.

** Si tú también sabes qué es el efecto aspersor, sé valiente y cuéntalo.

*** Gracias a La Susodicha y a su Doña que hicieron posible este momento irrepetible como organizadoras consortes del encuentro.

**** La ilustración del Pepineitor es el logo de un club de fútbol. Sin palabras, pero el dibujo me venía muy bien para el post.





martes, octubre 21, 2008

Gustos

Tengo un compañero de trabajo empeñado en conocer cuáles son mis gustos. Cada vez que caza la foto de una supermodelaza en tetas me la enseña con la intención de que le dé el visto bueno o que le argumente por qué pasaría de ella.

- Mira, ¡qué pedazo de tía! ¿Eh? ¿Te gusta? ¿Te gusta?
- Pues la verdad es que no.
- Pero si está buenorra, buenorra.
- No es mi tipo. Ya te he dicho que las modelos esas anoréxicas no me gustan.
- Entonces, ¿qué tías te gustan?

Para empezar me gustan las tías a las que yo creo que puedo gustarles, es decir, las que entienden o tienen posibilidad de entender. No sé por qué pero tengo un radar que se fija de manera selectiva en mujeres que son lesbianas sabiéndolo y aceptándolo, que lo son sin saberlo en ese momento pero que con el paso de los años lo descubren o en mujeres que quieren, sin más, probar qué es estar con una mujer, aunque eso las acabe atando a una relación de varios años. Vamos, que no me pasa lo mismo que a Camilo Sesto, que el pobre siempre se iba a enamorar de quien de él no se enamora.

Hasta el momento mi radar no se ha equivocado jamás y cuando apuntaba hacia Angelina Jolie, pues por algo era. Sin embargo, he de confesarlo, siempre he tenido predilección hacia las deportistas macizorras, esas tías cuadradas que están todo el día haciendo pesas, corriendo, lanzando jabalinas o cualquier otro instrumento y sudando de lo lindo. Y ahí, mi radar, tampoco se ha equivocado: el deporte es un campo abonado al ligoteo muy, pero que muy interesante para cualquier lesbiana de pro. Creo que éste es mi lado frívolo y superficial. También lo podríamos llamar estético, ¿por qué no?

Es curioso, porque a los tíos les suelen dar susto las tías fuertes... Pero a mí me parecen de lo más molón. En este punto tengo que hacer un inciso: ¡Bendito gimnasio, alegría de cada mediodía! De hecho, una vez tuve una novia atleta -este post ha nacido a raíz de un comentario que le he dejado al respecto a El Malvado Ming-, de esas cuadradas 2x2, pero al final una relación resulta demasiado agotadora: sólo entrenan, así que ni se sale, ni se trasnocha, ni se bebe, ni se come, ni se f... ni se hace nada, vamos. Esa vida monacal no es para mí.

En el lado opuesto, pues, he de confesarlo, también me gustan las intelectuales. ¡Mi amada Bette! Ésas que les dan vuelta a todo, que son capaces de levantarse a las seis de la mañana para hacer la fotografía de un amanecer, que pueden provocarte con una sola palabra, que se conocen las escuelas más innovadoras en psicología, que te ganan con palabras de nueve letras al Scrabble o que usan la dialéctica para desarmarte y hacerte caer rendida y muda -porque ya no te queda opción de réplica- a sus pies.

Y cómo no, me pirran la mujeres que tienen sentido del humor.

* Como sobre gustos no hay nada escrito, espero que dejéis escritos por aquí vuestros gustos y, después, me comprometo a hacer un post con el prototipo de mujer deseado por las lesbianas.

** La fotografía es del culo de una de esas atletas macizorras. Para alegrar un poquito la vista, ¿no?

sábado, octubre 18, 2008

Integrismo lésbico


Puede que esta entrada disgute a alguna de las que llegáis hasta este blog, pero tenía que escribirla tarde o temprano porque es toda una declaración de principios: creo firmemente que hay un integrismo lésbico, peligroso y tóxico. Yo conocí a una pareja que lo tenía claro: las lesbianas somos seres superiores, pensaban.

Lo cierto es que, ahora echando la vista atrás, creo que fue la primera pareja de lesbianas fuera del armario que conocí. Hablamos de mediados de los 90, cuando yo ocultaba que mi novia lo era a todo Dios. Sólo éramos muy buenas amigas. Por aquel entonces una compañera de la Facultad -mi actual amor- comenzó a tirarme los tejos. Ella y sus colegas se dedicaban a espiarme -me lo contó después- en el patio de la Universidad y a hacer conjeturas sobre si yo entendía o no.

Un buen día -bendito alcohol- mi actual amor se decidió a ligar conmigo enmedio de una fiesta de lo más ñoña, yo piqué y en el pack iban incluidas sus mejores amigas, entre las que se encontraba esta pareja de integristas: dos tías rubias, superfemeninas y por las que los tíos perdían el culo. Una de ellas estudiaba música, era delicada, etérea y sensual, y no era difícil quedarte embobada oyéndola tocar el instrumento -musical, por supuesto-. La otra estudiaba lo mismo que nosotras, era guerrera, categórica al hablar -de esas que levantan y agitan el dedo índice para parecer más firmes- y, en apariencia, con las ideas muy claras.

Defendían con beligerencia la supremacía del sexo femenino, veían a los heterosexuales como una pandilla de conformistas adocenados que se negaba a llegar a la esencia de su ser y que elegía la salida más fácil para llevar una vida acorde con lo esperado. Esgrimían que el mejor sexo era el que podían tener dos mujeres y sólo querían salir por sitios de ambiente y, por supuesto, con gays, porque la presencia de un heterosexual significaba llevar a un mirón infiltrado en el grupo.

Los armarios había que quemarlos todos y echar a patadas a los que estaban dentro y las únicas dos películas que merecía la pena ir a ver en el cine eran 'Go fish' y 'Cuando cae la noche' -por cierto, de ésta me regalaron un póster en un cumpleaños-. La esencia de la persona era homosexual. Lo demás era un cuento, una máscara para no hacer frente a la realidad.

Yo soy más relativa: pienso que cada cual es como es, aunque haya gente que se niegue la posibilidad de ser como es, pero hay que respetarla. Pienso que al igual que a nosotras nos gusta estar con otra mujer, pues hay a tías a las que le encanta estar con un tío y viceversa. Y creo que no todo el mundo es homosexual por designio divino, al igual que todo el mundo no es heterosexual.

Mi amor comparte -lo hemos hablado- este punto de vista, el mismo que teníamos hace ya la friolera de 12 años, demasiadas diferencias con esta pareja de amigas, que acabó en una ruptura cantada.

Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio. Hace tres o cuatro años nos encontramos con la música en la boda de un amigo -heterosexual- común. Nos vio a mi amor y a mí, nos reconoció, desvió la vista y siguió de largo sin darnos siquiera la opción de saludar. Nuestro amigo nos contó que ahora estaba casada, con un músico, por supuesto. Y su ex pues había seguido el mismo camino de perdición heterosexual.

*La fotografía es un fotograma de 'Cuando cae la noche', película más que recomendable, al igual que 'Go fish'.

** Insisto: no tengo resistencia a escribir.


miércoles, agosto 06, 2008

Los paquetes sólo dan problemas

Éste es el post prometido que algunas -esas que me conocéis cara a cara- lleváis esperando desde hace dos meses y que no he podido escribir hasta ahora porque no había manera de encontrar el paquete. Para aquellas que no tenéis ni idea de qué va la vaina, me explico: mi novia llevaba varios meses, incluso me atrevería a decir años, sugiriéndome que le hiciera algún regalito erótico, de esos que venden en el No es pecado.

Más de una vez me había plantado frente a la puerta de la sucursal de esa tienda que hay en la Alameda Principal de Málaga pero, la verdad, me costaba entrar y ponerme a buscar entre todo el material que por allí tiene que haber. Y así fue pasando un cumpleaños de mi amor, nuestro aniversario y los Reyes sin que llegara ese regalo picantón.

Y justo en ese momento es cuando entró en mi vida Macarena con su maleta roja, la reuniones del tuppersex y el descubrimiento de que hay juguetitos muy, pero que muy monos, como un patito disfrazado de sadomaso que se pone a vibrar cuando le tocas la barriguita o un gel lubricante con sabor a champán...

De repente se abrió la espita y me entró la locura consumista -¡gracias, paga de beneficios de esa gran empresa en la que trabajo! ¡Alabada sea!- y le encargué a Macarena un completo: un set erótico de viaje con aceite de masaje y afrodisíaco, un plumerito suave para extenderlo y, ja,ja, crema orgásmica; la famosa mariposa (creo que se llama así porque ésta sí que te da de verdad alas, sobre todo usada con la crema orgásmica) y el vibrador Damien Feelz Toys, acompañado por supuesto de ese lubricante del que hablaba antes con sabor a champán tan chispeante.

Una vez realizada la compra sólo quedaba la entrada. Mi amor trabaja fuera. Vivimos separadas por 200 kilómetros, así que se me ocurrió la genial ocurrencia de que la mejor manera de hacerle llegar un regalo tan inesperado era mandárselo por mensajero, y todo ello a pesar de que el día de su cumpleaños, el 9 de junio -doy este dato que parece trivial porque es importante para entenderlo todo-, me lo había tomado libre e iba a estar con ella. ¿Seur o MRW? A mí, lo confieso, siempre me despiertan simpatía los segundones: ahora voy con Federer en lugar de con Nadal y Ben Johnson era, sin lugar a dudas, mucho mejor que Carl Lewis, que también corría dopado, aunque nunca haya dado positivo. Así que opté por MRW. Craso error.

Intenté darle picardía al asunto y como se lo envíe al trabajo lo envolví todo por separado con etiquetas: el regalo 1 -el de las cremitas- lo podía ver sin problemas en la oficina. El 2-la mariposa-, era decisión de ella abrirlo o no, y el 3 -el vibrador- bajo ningún concepto debía ser expuesto a los ojos de sus compañeros...

Lo metí todo en una caja de zapatillas de deportes -regalo que sí podía esperar de mí-, llevé el paquete a la oficina de MRW más próxima, lo envié y justo después cogí el coche para recorrer los 200 kilómetros que me separan de mi novia, pasar el fin de semana con ella y poder celebrar juntas el lunes 9 de junio su 34 cumpleaños esperando que llegara el envío. Pero, para aquellas que tengáis memoria histórica pregunto: ¿qué pasó este 9 de junio?... ¿A que ya nadie se acuerda?... Yo sí que me acuerdo... Hubo una huelga de transportes que paralizó todo el país, sí, incluidas las empresas de mensajería...

El paquete no llegó. Ni ese 9 de junio, ni el 10, ni el 11... Le tuve que confesar a mi novia que le había mandado un regalito -no le conté cual, por supuesto-, que se lo debía haber entregado un mensajero pero que no había llegado. Le advertí de que estuviera pendiente y que preguntara en la recepción de su empresa, pero todo fue en vano... Yo me machaqué los dedos metiendo el código del envío en la página web de MRW pero no había ningún dato. Ella es muy persistente y, cuando se le mete algo en la cabeza, no arroja la toalla, así que martilleó a llamadas al servicio de calidad de MRW y, por fin, logró que alguien nos atendiera. A mí me pilló en la ducha: entró en el cuarto de baño móvil en ristre, me lo pasó y me dijo: "Son los de MRW, que necesitan que les digas cuál es el contenido del paquete". "Estás de coña", le dije yo. "No", me contestó ella al tiempo que me metía el teléfono en la oreja.

"Le hablo del departamento de calidad de MRW. ¿Me puede decir qué contiene el paquete?", oí con total claridad al otro lado de la línea. "Pues, pues -balbuceé justo cuando volvía a ver aquella escena que a todas las amantes de The L Word se os habrá venido a la mente en la que pillan a Dana y Alice con un consolador en la maleta al pasar el control de seguridad de un aeropuerto- tiene cremitas, una mariposa genital y un... (silencio) vibrador". "Vale, vale, ya la llamaremos para informarla sobre su paquete", oí. Menos mal que mi amor se había salido del cuarto de baño. Eso sí, el ataque de risa que me dio tuvo que presenciarlo.

A día de hoy -dos meses después- el paquete no ha aparecido. Los de MRW me aseguran que me pagarán el contenido, que tuve que justificar mediante la preceptiva factura en la que se detallaba todo lo que compré. Alguien de esta compañía de mensajería se estará poniendo las botas a mi costa y yo, harta de esperar, le encargué otro kit completo a Macarena que llegó la semana pasada. Creo que a mi amor le ha gustado, porque cada vez que ve la mariposa no puede contener una sonrisa.

* Moraleja: En esta ocasión y sin que sirva de precedente, la culpa sí que ha sido del mensajero.

martes, julio 22, 2008

Desde que soy tortillera...

"Desde que soy tortillera veo la vida de otro modo"... Quien así habla no soy yo, es Miranda Boronat, esa señorona catalana siempre rodeada de sus 80 mejores amigas que nos descubrió que una lesbiana puede ser fashion muchos antes de que a Ilene Chaiken y a Rose Troche se les pasara ni siquiera por la cabeza la posibilidad de hacer The L Word.

Es más, me atrevería a decir que la publicación de Garras de astracán prácticamente coincidió en el tiempo con la proyección de Go fish, esa película en blanco y negro dirigida por Troche y en la que salen lesbianas que nada tienen que ver con las de The L Word; son mucho más de andar por casa, aunque las cuestiones que se tratan son casi las mismas que en la serie: la dificultad que tienen las lesbianas para dar una relación por concluida o cómo decirle a tu familia que vas a compartir el resto de tu vida con otra mujer.

Creo que el anterior párrafo me ha salido demasiado trascendente, así que vamos a lo que vamos. Todo el rollo éste que os acabáis de tragar (las que hayáis llegado hasta aquí, se sobreentiende) se debe a que el otro día me entró melancolía de Garras de astracán -gracias Terenci Moix por haberlo escrito-, me fui a mi estantería, lo busqué, lo cogí, y como he hecho miles de veces comencé a leerlo, por la primera página, como debe de ser, claro.

Y ahí estaba esa Miranda Boronat, en el primer párrafo con esa frase lapidaria: "Desde que soy tortillera veo la vida de otro modo...". Me dio por pensar... "¿Qué me ha pasado a mí desde que soy tortillera? Sí. ¿Qué me ha pasado?..."

...

Pues hace ya nada más y nada menos 16 años que soy lesbiana consciente, casi media vida, vamos (sí, en unos días cumplo 34 años, aunque ya sé que no los aparento) y en este tiempo pues supongo que he aprendido a ver la vida de otro modo, aunque lo cierto es que no sé si es porque soy tortillera o porque he madurado. Antes de ese descubrimiento me chirriaba imaginarme cuando tuviera la edad que tengo ahora con marido, niños y como ama de casa. Sabía que pasaba de fregar los platos, tender la ropa, hacer la comida... Lo mío, estaba segura, era trabajar y ganar un sueldo. ¡Divina independencia!

Creo que por eso precisamente me tiene obnubilada Bette Porter: una mujer independiente, con pelas, cochazo, éxito, estilo... ¿A quién no le gustaría ser como Bette?Lo confieso, si ahora me pongo a pensar qué quiero llego a la conclusión de que me encantaría tener esposa, niños y ganar dinero suficiente para pagar a alguien que se encargue de la casa. ¿Será un síntoma de aburguesamiento lésbico?

P.D. Si no habéis leído Garras de astracán, aprovechad el verano para devorarlo. Os garantizo que no olvidaréis jamás a Miranda, Reyes del Río o Imperia Raventós.

martes, junio 17, 2008

Ahora estoy más tranquila


Pues sí. Por fin he podido alcanzar la paz y comprender el por qué de tantos sinsentidos que han sucedido a lo largo de mi vida, desde mi infancia, cuando era la única niña de mi clase que salía al recreo corriendo en desbandada con el balón debajo del brazo para echar un partido de fútbol, cuando me negaba en redondo a jugar a las casitas -a menos que hiciera de padre, claro- y cuando me mosqueaba porque el regalo de Reyes de ese año había sido una muñeca en lugar de la preceptiva pistola.

Aquellos eran indicios, ahora lo veo claro. Pistas que iban apuntando hacia un camino inequívoco y que, especialmente en la adolescencia, viví como una condena. Fue entonces cuando comenzó a preocuparme sentirme en aquellas extrañas ocasiones que me ponía una falda como Conan el Bárbaro o cuando se me iban los ojos detrás de las zapatillas de deportes en lugar de los zapatos con tacón por los que suspiraban mis amigas. En aquella época yo no tenía forrada la carpeta del instituto con las preceptivas fotos de Tom Cruise en Top Gun, no, tenía un fotón de Heike Dreschler saltando longitud. Durante esa temporada me molaba el tonteo con los niños, no, pero sí que me hubiera encantado hacerme amiga de aquella repetidora de la clase de BUP de al lado con la que unos años después coincidí en algún bar de ambiente.

Con la llegada a la universidad, acompañada del descubrimiento de que lo que me gustaban eran las tías, se intensificaron los síntomas: cuando comencé a conducir lo hacía extrañamente bien, sin problemas para aparcar y con un "sexto sentido" a la hora de orientarme en ciudades desconocidas. Y no, a los malpensados les diré que por aquel entonces no había GPS. Además, no me importaba beberme cuatro o cinco cervezas de una sentada a pesar de que engorda.

Al empezar a trabajar siempre primé más a la hora de vestirme la comodidad que la elegancia e intenté por todos los medios lograr mi primer contrato con la constancia, la seriedad en el curro y la perseverencia. Logrado el contrato jamás dudé de mis capacidades de progresar, eso sí, gracias al trabajo bien hecho, aunque ello acarrearra no tener tiempo para hacer lo que se supone que debemos hacer las mujeres: tener la casita ordenada, la panza de la pareja satisfecha y al menos un par de críos con los que entretener a los abuelos en su jubilación. No, en lugar de eso me he dedicado a ir al gimnasio, jugar al pádel, viajar cada vez que tengo ocasión, comprarme el coche que me apetece, irme de juega y de borrachera con mi novia siempre que puedo y escribir este blog catárquico mientras saboreo un gintonic.

Hasta ahora no entendía bien el por qué de estos 34 años de vida. Menos mal que Ivanka Savic y Per Lindström se han decidido a explicármelo: la culpa de todo la tienen mis conexiones nerviosas. Ahora estoy mucho más tranquila.




martes, junio 03, 2008

La primera vez que pisé un sitio de ambiente


Todas hemos tenido una primera vez. Todas hemos reunido en algún momento el valor suficiente para cruzar una puerta y entrar en un bar de ambiente. La mía fue con 20 añitos, de la mano de la que entonces era mi novia -y que a su vez también pisaba por primera vez un bar de ambiente- y en Londres. Supongo que una beca Erasmus es siempre una buena excusa para hacer cualquier cosa excepto estudiar. El lugar al que llegamos guiadas por no sé qué nombre en qué guía consultada de rondón en una librería -por aquel entonces (hablamos de 1994) no existía esto de internet y las únicas guías existentes eran de papel- se llamaba The ace of clubs, en Picadilly Street, un antro custodiado por una segurata negra carne de gimnasio que te cacheaba al entrar con bastante malos modos.

El club estaba en un callejón de Picadilly, para quien no lo sepa una de las calles más pijas de Londres. Sin embargo, aquel club no tenía nada de pijo. Era uno de esos garitos exclusivos para mujeres -después jamás he vuelto a entrar en uno, y eso que he estado en unos cuantos bares de ambiente-, en el que no dejaban pasar hombres y donde todas se tenían fichadas entre ellas y te miraban con cara "a éstas no las conozco de nada".

Para llegar a la discoteca había que bajar unas escaleras estrechas y, creo recordar, un poco sórdidas. Los sofás que servían de asiento eran rojos y estaban ya raídos por los muchos refregones que se había pegado allí la peña. Lo que más me llamó la atención es que a pesar de que había dos cuartos de baño, como es preceptivo en cualquier sitio, los dos eran de mujeres. ¡Toda una revolución! Y lo que más me impactó fue el amplio catálogo lésbico que se desplegaba ante mis ojos: había tías que yo hubiera jurado que eran tíos, tías superragladas con tacones y pintadísimas, tías maduras que iban a ligar sin ningún pudor, tías jóvenes con vaqueros y camisetas -no me acuerdo qué me puse, pero supongo que me incluyo en este grupo- que se dedicaban a bailar...

Mi novia de entonces y yo flipamos, vaya sí flipamos. Pudimos de una vez "salir del armario" en el que andábamos metidas y besuquearnos delante de toda la panda de inglesas que andaba por allí mirándonos sin pudor. Lo malo es que aquella noche, cuando salimos del The ace of clubs, volvimos a entrar en ese armario del que no salimos hasta que dejamos de estar juntas. ¡Paradojas del destino!

Por cierto, después he vuelto muchas veces a Londres, he pasado por el callejón del The ace of clubs pero nunca he tenido la tentación de comprobar si sigue ahí. Hoy, antes de escribir este post, sí que he mirado en internet y he encontrado una referencia donde no sé quién cuenta que la vieja guardia domina este club que lleva más de diez años abierto. Sin embargo, dudo que siga al pie del cañón, porque no he encontrado ninguna foto -de ahí que haya colgado una de Picadilly Street- ni ningún enlace. Quizás la próxima vez que vaya a Londres me asome a ese callejón de Picadilly para comprobar si aún sigue ahí y, en el caso de que aún continúe abierto, tal vez entre para constatar si es o no tal y como lo recuerdo y ajustar cuentas con mi memoria.

*Sería genial que me contarais vuestra "primera vez". Y si alguien hubiera estado en 'The ace of clubs', por favor, que me cuente si es o no como lo recuerdo.