
Lo confieso: uno de esas ideas locas que ronda por mi cabeza desde hace tiempo es
lograr convertir a alguna de mi amiga o conocida heterosexual en lesbiana. No sé por qué pero me da a mí el pálpito de que todos, en el fondo, somos bisexuales y que sólo es necesario el empujón adecuado para que incluso esas heteros más recalcitrantes sientan curiosidad por acostarse con otra mujer.
¿Quién no ha estado alguna vez en medio de un grupo de heterosexuales borrachas que han comenzado a darse piquitos entre ellas o, incluso, a dártelos a ti? Si no os ha pasado nunca, bichead aleatoriamente el Facebook de alguna amiga que no entienda: fijo que hay alguna foto en la que está cual palomita picoteando los morros de otra tía.
Cuando empecé a ver The L Word estaba convencida de que era la serie definitiva: ¿qué hetero modernilla se podría oponer a tener una experiencia lésbica después de ver a esas pedazo de mujeres con tantísima clase? Así que pensé que una buena manera de convencer a las colegas heteros para pasarse a la otra acera era organizar
sesiones intensivas de visionado de la serie.
Tras fracasar en el intento -mira tú que ninguna se enganchó ni a la serie ni a acostarse con otra mujer-, he llegado a la conclusión de que lo mejor es ir de frente: meter cuello, vamos, tal y como denomina una amiga, también gay, al acto de abalanzarse sin mediar palabra sobre el pescuezo de una tía que te mole.
Lo malo es que para ser capaz de cometer actos de ese tipo, al menos en mi caso, es necesario llevar un puntito graciosete. Sí, exactamente el que llevaba la otra noche, vamos. He de decir que en mi juventud -¿con 20 y pocos añitos?- ya intenté cierta noche de marcha sacar del armario a una amiga a la que yo veía muy entendida, pero que estaba entregada a los convencionalismos del mundo heterosexual. Esa noche no lo pude confirmar porque yo no llevaba un puntito, sino un gran ciego que acabó conmigo dormida y roncando -supongo- en su cama, mientras ella se entretenía viendo en la tele una peli de esas francesas de autor subtituladísima. Aquello fue demasiado para mi estado de embriaguez y mi propósito de sacarla del armario se fue al traste. Ese privilegio quedó para otra colega, no sé si más osada o con más aguante a las noches de marcha que yo, que unos años después se la ventiló. ¡Mierda!
Pero poco importa ya lo que pasó hace ¿16 años? Lo que importa es lo que pasó la otra noche. Yuuuuuhuuuuu... Os pongo en antecendentes: cena con grupo de amigas heterosexuales, varias botellas de vino, juego del '
yo nunca', volver a explicar que en este juego cuando SÍ se bebe es cuando has hecho algo,
típica pregunta de 'Yo nunca he sentido deseos de besar a otra mujer', todas bebemos, excepto una de nosotras, hetero recalcitrante, algunas cervezas más y ¿vamos a tomarnos una copita al centro?
Así que allí que aparecemos todas en un bareto del centro, medio borrachuzas y entonaditas después del 'Yo nunca' y, como ya se sabe, una cosa lleva a otra, lleva a otra...Y no sé por qué me recuerdo, así de repente, pegándole un beso en los morros a la hetero recalcitrante -la que no había deseado nunca a otra mujer-, ella mirándome con los ojos muy, muy abiertos y largándose a toda leche al servicio, tal vez porque su novio andaba rondando por el bar. Y lo peor es que, por lo visto, el beso gustarle, le gustó. Ay, que no hay nada peor que negar el deseo para que se te ponga de repente delante de tus morros, y nunca mejor dicho lo de delante de tus morros.