
A mí, para qué negarlo, el títulillo del post me puso cachonda: ¿A quién no le gustaría ser una lesbiana poderosa? A mí me encantaría. Supongo que, entre otros motivos, por eso mi blog se llama 'Quiero ser como Bette', esa pedazo de mujer con un gran peso en el mundo del arte de Los Ángeles, fuera del armario y casada con una mujer dulce a la par que influyente y que se dedica a hacer películas con el fin de difundir las bondades del lesbianismo.
En España todo es más triste. Aquí apenas hay lesbianas poderosas. No tenemos una Ellen Degeneres que sirva de cara a las lesbianas españolas. ¡Qué pena! Y da más pena cuando se sabe que hay mujeres a las que le gustan las mujeres incluso en la política, pero prefieren andar pertrechadas en los armarios antes de dar la cara, al igual que sucede en la televisión o, incluso, en el mundo de la música.
Pero, para ser ecuánime, me produce especial pasmo que las políticas no sean honestas; no digo que vayan pregonando a los cuatro vientos que son homosexuales, pero sí que si un día de campaña dan un mitin, se permitan darle un beso en la boca a su mujer al acabar la intervención. Eso es lo que haría un político heterosexual, ¿no? Aquí en Andalucía hay varias consejeras de la Junta de Andalucía que tienen muchos puntos, ¿para qué negarlo?, pero a pesar de ser del PSOE y progresistas no se atreven a dar ese pequeño salto. ¡Con lo que mola una lesbiana poderosa!
Ahora que caigo, lo bueno de The L Word es que muestra a mujeres poderosas que, por añadidura, son lesbianas. ¿Quizás por eso me enganché tanto a la serie? Creo que abro aquí una espita para profundizar en mi autoconocimiento, así que prometo en los siguientes días ahondar en esta reflexión.
Eso sí, y coincidiendo con la celebración del Orgullo, deberíamos dar unos cuantos olés por esas que sí se han decidido a salir, como Mayte Martín, dedicada a algo tan tradicional como cantar flamenco pero a la que no le importa decir de forma abierta que le gustan las tías. Eso es tener ovarios y dar un paso hacia la consecución de ese poder que nosotras mismas nos negamos al no ser honestas.